—Jimena, dile a Rodrigo que convenza al señor Méndez. No pueden dejar que esa mujer entre a la casa. Escuché a mi mamá y a mi tía decir que esa mujer tiene un hijo; si entra, seguro peleará la herencia con Rodrigo.
—La mujer de afuera no es como la mamá de Isabela. La mamá de Isabela es débil y como no tuvo hijos con el señor Méndez, no peleaba nada.
Sofía murmuró después:
—Si hubiéramos sabido esto, mejor hubiéramos dejado que la mamá de Isabela siguiera siendo la señora Méndez. Ella no se metía en nada, no peleaba ni robaba; la familia Méndez seguía siendo toda de Jimena y Rodrigo.
Jimena suspiró.
A estas alturas, también se arrepentía. Se arrepentía de haber tratado mal a su suegra política. En cuanto su suegro fue infiel, ella pidió el divorcio de inmediato, demostrando que no tenía ningún apego a esa casa.
Si ella y su esposo hubieran tratado mejor a Vanessa, quizás ella habría tenido algo de apego, tal vez habría luchado contra Nuria y no se habría divorciado tan rápido, cediendo el puesto de señora Méndez.
Ni en sus peores pesadillas imaginaron que su suegro sería infiel, y mucho menos que lo había sido desde hace diez años y tenía un hijo de esa edad.
Viendo a sus suegros tan cariñosos, pensaba que él era fiel a su familia y a su matrimonio, una excepción entre los empresarios ricos que se corrompían con el dinero. Pero resultó que... Ningún hombre se resiste si se la ponen fácil.
—Sofía, quédate a comer en casa. Le diré a la cocina que prepare los platos que te gustan —dijo Jimena con tono amable, cambiando de tema.
No quería arrepentirse de haber tratado mal a Vanessa, ni podía tratarla bien ahora. Ella e Isabela eran enemigas; odiaba a Isabela, ¿cómo iba a tratar bien a su madre?
Sofía no rechazó la invitación y se quedó a comer con gusto en casa de los Méndez.
El día pasó rápido.
En un abrir y cerrar de ojos, el sol se hundió en el mar y el día llegó a su fin.
Melina y las demás habían dicho que acompañarían a Isabela a tomar unas copas para celebrar su inminente soltería.
A la hora de la salida, Melina fue a tocar la puerta de la oficina de su hermano mayor.
Arturo Rivas seguía ocupado. Al oír que tocaban, antes de que pudiera hablar, la puerta se abrió. No necesitaba mirar para saber que era su hermana.

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