Unos minutos después, Elías bajó las escaleras arrastrando la maleta.
Ana, al escuchar el ruido, salió y, al verlo con el equipaje, preguntó con preocupación: —¿El señor Silva se va de viaje de negocios?
—Me mudo.
Elías dijo con voz ronca: —Le dejo esta villa a Isabela. De ahora en adelante, esta casa es suya.
—...Señor Silva, aunque le deje la casa a la señora, no es necesario que se mude hoy mismo. ¿No es verdad que todavía no tienen el acta de divorcio?
—Está lloviendo afuera. ¿Acaso la señora Silva está echando al señor Silva sin piedad?
Elías respondió: —Ella no me corrió. Ella se quería ir, pero la detuve. Ya que le di la casa, es suya, así que yo me voy.
—Ana, ya hablé con ella. Ustedes pueden mudarse en unos días. Cuando el señor Montiel termine de sacar sus cosas, se pasan a la casa de al lado. Mi habitación principal, quiero que la vacíen por completo; voy a redecorarla.
—Mientras yo no esté, cuídenme bien a Isabela. Díganle que coma a sus horas, que no se salte comidas y que no se la pase solo trabajando.
—Cuando se desvele, traten de aconsejarla, que no se desvele todos los días.
—Quería dejarles todo el personal a su servicio, pero rechazó mi oferta. Lo bueno es que compré la casa del señor Montiel; seremos vecinos, estamos cerca, así que todavía puedo garantizar su seguridad.
Elías suspiró profundamente al terminar, giró la cabeza para mirar hacia el segundo piso durante unos minutos y, finalmente, arrastró la maleta hacia la salida.
Ana se apresuró a tomar un paraguas grande para seguirlo y llamó al chofer de Elías para que acercara el coche a la puerta.
Sabiendo que con Isabela no había vuelta de hoja, Ana no dijo nada más.
Ya de nada servía hablar.
—¿A dónde se mudará ahora el señor Silva?
—Primero iré un tiempo a la villa de la cima de la colina. Cuando la casa de al lado esté lista, me mudo para acá.
—Ana, te encargo a Isabela. Cuídala mucho.
Ana asintió repetidas veces. —Pierda cuidado, señor Silva. Mientras yo esté aquí, cuidaré de la señora Silva como si fuera mi familia.
Elías no dijo más y se metió al coche.
No quiso el paraguas.
Ana se quedó parada en la entrada bajo el paraguas, viendo cómo el coche salía de la villa y desaparecía bajo la lluvia.

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