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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 584

Todos en la familia Silva sabían que hoy era la inauguración de la nueva tienda de Isabela.

Hasta el momento, a excepción de Elías, nadie más de la familia Silva se había dignado a aparecer.

Isabela nunca esperó que la familia de su marido viniera a apoyarla; su suegra incluso había tratado de impedir que trabajara. Mucho menos ahora que ella y Elías estaban esperando el divorcio. Le importaba un bledo cómo la trataran los Silva.

Sofía había llegado a escondidas.

Al bajar de su carro, vio lo concurridas que estaban las dos tiendas de Isabela y se le descompuso el rostro.

Levantó la barbilla, puso cara de pocos amigos y caminó hacia allá a zancadas.

—Vaya, qué animado está esto. Seguro son puros paleros que contrataste, ¿no?

Las palabras de Sofía fueron desagradables y su voz, chillona, llegó de inmediato a los oídos de todos los presentes.

—¿Sofía? ¿Qué haces aquí?

Elías, que estaba ayudando a Isabela a atender a Álvaro, escuchó el comentario malintencionado de su hermana. Giró la cabeza y su expresión se oscureció al instante.

—¿Hermano?

Sofía no esperaba que su hermano mayor estuviera allí.

De inmediato frunció el ceño y le reprochó: —Hermano, ¿estás tan aburrido? ¿Qué haces en un lugar como este? Ustedes ya están tramitando el divorcio y tú vienes aquí a hacerla de mesero para sus clientes.

Sentía que su hermano se estaba humillando al buscar a Isabela cuando ella lo ignoraba.

Aquello era algo que Sofía no podía aceptar; le hervía la sangre.

¿Quién se creía Isabela?

¿Acaso Isabela lo merecía?

Las mujeres que se casaban con los Silva debían seguir las reglas de la familia: quedarse en casa siendo unas señoras respetables y no andar exhibiéndose en público.

Su madre y sus tías seguían las reglas, pero Isabela no.

Ahora, toda la alta sociedad se burlaba de su madre. Cada vez que salía, esas señoras le preguntaban sobre el negocio de Isabela.

La cuñada venía con malas intenciones, pero con Elías presente, él se encargaría de ponerla en su lugar si intentaba algo.

Isabela ni siquiera se molestó en pelear con esa niña mimada.

Sofía hizo una mueca y quiso replicar, pero ante la mirada fulminante de su hermano, no se atrevió y entró a la tienda.

Los dos locales estaban conectados: uno era una librería y el otro una cafetería.

Sofía entró primero a la librería. Había más gente allí que en la cafetería; muchos padres habían llevado a sus hijos a ver libros.

La decoración tenía un aire intelectual muy agradable, con muchas estanterías llenas de libros de todo tipo. Frente a ellas había sofás largos y suaves para que la gente se sentara a leer.

A pesar de la multitud, la librería estaba muy tranquila. Todos, absortos en su lectura, hablaban en voz baja por instinto y pasaban las páginas con cuidado.

Sofía se acercó a un estante, tomó un libro y fingió leerlo. No le interesaba en lo absoluto. Pasó dos páginas al azar, lo cerró y, fingiendo un descuido, rasgó una hoja.

El sonido del papel rompiéndose atrajo las miradas de los presentes.

A ella no le importó. Fue a abrir unos libros que estaban perfectamente empaquetados. Después de quitarles el plástico, los hojeó sin ganas y volvió a fingir que rompía las páginas por accidente.

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