Todos en la familia Silva sabían que hoy era la inauguración de la nueva tienda de Isabela.
Hasta el momento, a excepción de Elías, nadie más de la familia Silva se había dignado a aparecer.
Isabela nunca esperó que la familia de su marido viniera a apoyarla; su suegra incluso había tratado de impedir que trabajara. Mucho menos ahora que ella y Elías estaban esperando el divorcio. Le importaba un bledo cómo la trataran los Silva.
Sofía había llegado a escondidas.
Al bajar de su carro, vio lo concurridas que estaban las dos tiendas de Isabela y se le descompuso el rostro.
Levantó la barbilla, puso cara de pocos amigos y caminó hacia allá a zancadas.
—Vaya, qué animado está esto. Seguro son puros paleros que contrataste, ¿no?
Las palabras de Sofía fueron desagradables y su voz, chillona, llegó de inmediato a los oídos de todos los presentes.
—¿Sofía? ¿Qué haces aquí?
Elías, que estaba ayudando a Isabela a atender a Álvaro, escuchó el comentario malintencionado de su hermana. Giró la cabeza y su expresión se oscureció al instante.
—¿Hermano?
Sofía no esperaba que su hermano mayor estuviera allí.
De inmediato frunció el ceño y le reprochó: —Hermano, ¿estás tan aburrido? ¿Qué haces en un lugar como este? Ustedes ya están tramitando el divorcio y tú vienes aquí a hacerla de mesero para sus clientes.
Sentía que su hermano se estaba humillando al buscar a Isabela cuando ella lo ignoraba.
Aquello era algo que Sofía no podía aceptar; le hervía la sangre.
¿Quién se creía Isabela?
¿Acaso Isabela lo merecía?
Las mujeres que se casaban con los Silva debían seguir las reglas de la familia: quedarse en casa siendo unas señoras respetables y no andar exhibiéndose en público.
Su madre y sus tías seguían las reglas, pero Isabela no.
Ahora, toda la alta sociedad se burlaba de su madre. Cada vez que salía, esas señoras le preguntaban sobre el negocio de Isabela.


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