Isabela arrastró a Sofía fuera del local, llevándola directamente hasta su coche, lejos de la multitud.
Solo entonces la soltó.
Sofía había estado forcejeando todo el camino, y como Isabela no la soltaba, su muñeca había quedado roja.
Sacudió la mano y, al ver la marca roja en su piel, se llenó de rabia. Levantó el brazo para abofetear a Isabela.
Pero la bofetada nunca llegó a la cara de Isabela; una mano grande la interceptó en el aire.
—¿Hermano?
Quien sostenía la muñeca de Sofía era Elías.
Él también estaba en la cafetería ayudando a Isabela a atender a los invitados importantes. En cuanto su suegra preguntó qué pasaba, supo que su hermana estaba armando un lío y salió corriendo a ver.
—¿Qué te dije hace un momento? Si venías a felicitar, te quedabas tranquila; si venías a destruir, ¡te largabas a casa!
Elías habló con severidad: —Mira lo que has hecho. ¿Y todavía quieres pegarle a tu cuñada? ¿Dónde quedaron las clases de etiqueta y modales a las que te mandó mamá? ¿Dónde está la señorita de buena familia?
Tendría que hablar con la familia para que fueran más estrictos con ella y dejaran de consentirla tanto.
La habían mimado tanto que ya no conocía límites.
Con ese empujón a la estantería, si realmente hubiera caído sobre alguien el día de la inauguración, no solo sería un mal presagio, sino que Isabela tendría que pagar indemnizaciones.
Sofía estaba buscando problemas a propósito.
—Hermano, ella me lastimó la mano primero. Mira mi muñeca, está roja. Me arrastró como costal de papas frente a todo el mundo. ¿Acaso no tengo dignidad?
—Hermano, llegas justo a tiempo. Haz que se disculpe. Me lastimó, quiero una disculpa. Me sacó a la fuerza y me hizo pasar una vergüenza, tiene que compensarme.
—No pido mucho, con unos diez o quince millones de pesos me conformo.



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