Álvaro ladeó la cabeza para mirarlo.
Elías clavó en él una mirada profunda y oscura, sin querer perderse ni el más mínimo gesto de su rostro.
—Elías, ¿quieres la verdad o una mentira?
—La verdad.
Álvaro bajó la voz: —Hoy es la inauguración de la tienda de Isabela, un día importante. No quería tener este conflicto contigo, pero ya que insistes en que te lo aclare...
—Te lo diré: sí, definitivamente. En cuanto tú e Isabela tengan el acta de divorcio y ella sea libre, me le declararé y la cortejaré abiertamente.
—Tú no supiste valorarla, ¡yo sí la valoraré!
El rostro de Elías se oscureció de golpe.
Por fin Álvaro le decía la verdad.
Se enderezó, se bebió la copa de un trago, la azotó en la mesa y se levantó, diciendo con frialdad: —Álvaro, salgamos a platicar.
Álvaro no le tuvo miedo.
Ya había soltado la verdad.
A lo mucho, rompería relaciones con Elías.
Si Elías ya se había divorciado de Isabela y ella volvía a ser soltera, tenía derecho a buscar el amor nuevamente.
Que a él le gustaba Isabela era un hecho; lo había ocultado mucho tiempo y ya no tenía por qué seguir haciéndolo.
Iba a cortejarla con la frente en alto.
Antes pensaba en acompañarla en silencio, pero tanto Adrián como su hermana le habían sugerido que se le declarara, que Isabela supiera lo que sentía.
Tenían razón: si la amaba, ella tenía que saberlo.
Así que ya no se escondería más. Esperaría a que tuviera el divorcio y la buscaría.
Si lo lograba o no era una cosa, pero intentarlo era otra.
Sin importar el resultado, al menos se habría esforzado y no se arrepentiría después.
—Elías, Álvaro, no hagan esto. Siéntense a comer, no pongan a Isabela en una situación difícil —trató de mediar Adrián en voz baja.
Ninguno de los dos le hizo caso.


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