Jimena sonrió levemente.
—La verdad, prefiero que tu hermano supere lo que siente por mí. Al fin y al cabo, ya soy la esposa de Rodrigo.
»Sofía, cuando regreses, convence a tu hermano de que pase página. Si logra recuperar a Isabela, que sean muy felices, de corazón.
»Y tú deja de atacar tanto a Isabela. En el fondo no es mala persona, es solo que la ves con malos ojos y por eso todo lo que hace te parece mal.
—Jimena, es que eres demasiado buena, demasiado noble —replicó Sofía—. Siempre piensas en los demás. Isabela no se compara contigo; conmigo se porta fatal.
»Delante de todo el mundo me hizo el feo, no me tuvo ni tantita paciencia. Me sacó a la fuerza, me corrió. Si no hubiera ido con la intención de molestar, ni loca me paro en ese lugarcito suyo.
Sofía estaba acostumbrada a lugares de lujo. La librería y cafetería de Isabela le parecían poca cosa, indignas de su estatus.
—Ni creas que voy a hablar bien de ella ni a convencer a mi hermano. Solo le voy a decir que se divorcie. Si no la ama, ¿para qué atarse? Que firmen de una vez.
»Jimena, ¿no te sabes algún otro truco? No voy a estar tranquila hasta que Isabela pague. Dame ideas, algo para que haga el ridículo.
»Que sea un oso monumental, y que se enteren los chismes. Si sale en las noticias haciendo el ridículo, mi hermano seguro la va a despreciar y ya no querrá volver con los Silva.
»Y no solo eso, si su reputación se va al suelo, ninguna buena familia querrá casarse con ella. ¿Cree que por juntarse con Melina y Carolina ya la hizo? ¡Ja!
»No tiene lo que se necesita para volver a casarse bien.

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