Pero sentía un nudo en la garganta que le impedía hablar. Solo pudo ver, impotente, cómo ella entraba y cerraba la puerta de la casa.
Fue como si le cerrara la puerta de su corazón.
No hace mucho, él vivía ahí. Era el dueño de esa casa.
No hace mucho, era el hombre que ella más amaba, su esposo.
Ahora, ya no era nada de eso.
—Señor Silva, ¿por qué salió tan rápido? ¿No se quedó platicando un rato más con la señora? —preguntó Ana, la empleada doméstica, al verlo.
Elías murmuró: —Ana, tu señora ya no me quiere. Me corrió.
Ana guardó silencio un momento, suspiró y dijo: —Será mejor que se vaya a casa, señor.
Elías miró fijamente la casa donde había vivido varios años y, tras un largo rato, se dio la vuelta hacia su coche.
En el camino de regreso, no pronunció palabra.
El asunto de la droga terminó con Sofía y Jimena detenidas, multadas y obligadas a disculparse públicamente con Isabela.
No fue que Isabela no quisiera ir más lejos, sino que Jimena insistió en que ella solo había hecho un comentario y que Sofía era la autora intelectual; aunque ella compró la sustancia, fue por orden de Sofía.
Por su parte, Sofía sostuvo que solo quería que Isabela hiciera el ridículo, no lastimarla. Argumentó que, aunque puso la droga en el café, no afectó a ningún cliente inocente y que jamás tuvo intención de matar a nadie.
Como no hubo consecuencias graves y quien bebió el café fue Elías —quien decidió perdonar a su propia hermana—, el resultado final fue ese.

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