Isabela lo ignoró y siguió caminando. A los pocos pasos, sacó su celular. Elías escuchó cómo llamaba a alguien: —Señor Morales, ¿ya está en la oficina? Tengo un problema hoy. Si aún no ha llegado, ¿podría esperarme en el cruce? Quisiera pedirle un aventón.
Elías, que ya sentía el corazón hundido, escuchó que llamaba a Álvaro para irse con él.
Los celos estallaron de inmediato.
Zancadas largas le permitieron alcanzarla. Sin darle tiempo a reaccionar, la agarró fuertemente de la muñeca.
La arrastró de regreso.
—Elías, ¿qué haces? ¡Suéltame!
Isabela luchó con todas sus fuerzas, pero no podía soltarse de su agarre de hierro. Lo golpeó con su bolso, pero él ni se inmutó, soportando los golpes sin soltarla.
No habían avanzado mucho, así que Elías la llevó fácilmente hasta su coche.
Abrió la puerta y la empujó al interior.
Isabela intentó bajar, pero él arrojó las cosas a un lado, metió su gran cuerpo en el auto y la sujetó contra el respaldo del asiento cuando ella intentó abrir la ventanilla contraria. Isabela le agarró las manos con fuerza.
—¡Elías!
Isabela tenía la cara roja de coraje.
—¡Suéltame!
Elías no la soltó. Respiraba agitadamente, con el rostro lívido, mirándola fijamente. Se acercó a ella, y justo cuando Isabela pensó que iba a besarla a la fuerza otra vez, él dijo en voz baja:
—Siéntate bien, yo te llevo.
»No te vayas con Álvaro, no te juntes con él. Es un mentiroso. Me admitió en la cara que se enamoró de ti y que te va a conquistar. Solo quiere robarte.
»Isabela, eres mi esposa, ¡eres mía! ¡No te voy a soltar, y nadie te va a apartar de mi lado!
»Él mismo lo confesó. Isabela, dime, ¿esas pruebas te las consiguió Álvaro? Ahora que tienes problemas, prefieres pedirle ayuda a él que decirme a mí.
—¿Y de qué serviría decirte? Una es tu hermana, la otra es el amor de tu vida. No necesito ser adivina para saber que no te pondrías de mi lado. Y así fue, ¿o no sabes cómo terminó todo?
»¿Por qué le pediría ayuda a alguien que no me va a ayudar de verdad?
Elías se quedó mudo.
Seguía mirándola fijamente, reacio a soltarla.
De tanto mirarla, de repente sintió un impulso incontrolable de besarla.
Isabela, que ya se lo esperaba, giró la cabeza y esquivó el beso.
—¡Elías, suéltame! ¡Esto solo hace que me des más asco!

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