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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 648

—¡¿Por qué siempre lo arruino todo?!

Elías se revolvió el cabello con frustración.

Ana salió de la villa de al lado. Había estado escondida observando cómo el señor Silva intentaba ganarse a la señora.

Y vio cómo, una vez más, terminaba espantándola.

Ana se acercó y, al ver a su patrón carcomido por la culpa, suspiró: —Señor, esa no es la forma de ganarse a la señora. Tiene que tener paciencia.

»Recuerde cómo trataba a la señorita Jimena. Tiene que usar esa misma atención, ese cariño genuino para conmover a la señora Isabela. No puede usar la fuerza, ni ser mandón ni presionarla.

»Las mujeres odian que las presionen así.

Elías se quedó en silencio.

Después de un rato, dijo: —Ana, tengo miedo. Tengo miedo de que elija a otro. Me desespero, y cuando me desespero hago estupideces.

Ana respondió: —Desesperarse no sirve de nada, señor. Si llegaron a este punto, la mayor responsabilidad es suya.

»Le rompió el corazón a la señora. Si quiere que vuelva, tiene que tratarla bien de corazón. Sin importar si ella lo elige o no, usted debe ser constante.

»Igual que con la señorita Jimena. Ella no lo eligió a usted, pero ¿acaso usted dejó de tratarla bien por eso?

Ana hizo una pausa y agregó: —¿O será que en realidad no ama a la señora Isabela, y solo siente que el divorcio hirió su ego?

»¿Será por eso que se aferra?

—No, yo... siento algo por Isabela —se defendió Elías apresuradamente.

De verdad no quería divorciarse, de verdad quería arreglar las cosas.

Era Isabela la que no le daba oportunidad.

Ni siquiera tenían el acta de divorcio en la mano y ella ya andaba muy cerca de Álvaro.

—Está enojada conmigo porque no continué con la demanda. Pero Sofía es mi hermana, no podía dejar que la metieran a la cárcel. Y yo le creo a Sofía, ella solo quería hacerle una broma pesada, no sabía qué tipo de droga era.

Isabela corrió un buen tramo hasta asegurarse de que Elías no la seguía. Se detuvo a recuperar el aliento.

Un coche se acercó a toda velocidad y frenó de golpe al verla.

Era Álvaro.

Como ella no contestaba el teléfono, temió que le hubiera pasado algo y dejó de esperar en el cruce para ir a buscarla.

—Isabela.

Álvaro se estacionó, bajó rápido y corrió hacia ella.

—¿Estás bien? ¿Qué pasó? Tienes mala cara. ¿Te lastimaste la boca? ¿Eso es sangre?

—Señor Morales, subamos al auto y le cuento.

Álvaro asintió, la acompañó al coche y le abrió la puerta.

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