Olivia se parecía un poco a ella, era joven, acababa de graduarse y tenía un cuerpo alto y esbelto. Nuria llevaba tiempo cuidándose de esa primita.
Cada vez que volvía al pueblo, Olivia la miraba con envidia y le pedía que le presentara a algún empresario rico. Decía que si no podía casarse con uno, no le importaba ser amante como ella.
«Tener un hijo para asegurar el futuro, vivir en mansiones y manejar autos de lujo», le decía.
Nuria nunca accedió.
Primero, porque ella había recorrido ese camino y sabía lo amargo que era. Aunque ella y su hijo no habían pasado necesidades materiales en diez años, siempre había sido la amante en las sombras y su hijo un ilegítimo.
No quería que Olivia pasara por eso.
Y segundo, en el fondo no quería que Olivia tuviera una vida tan acomodada como la suya. Le gustaba que los parientes del pueblo la halagaran, la buscaran y que comieran de su mano.
—Lorenzo, voy a colgar. Dile a Olivia que me espere en tu oficina, ya voy por ella.
Nuria no quería que su prima se quedara en su casa, pero no lo dijo.
Si lo decía, Lorenzo pensaría que no tenía sentimientos familiares; rechazar a su prima en apuros se vería muy mal.
Si solo eran uno o dos días, no pasaría nada.
Tenía que conseguirle trabajo a Olivia cuanto antes. No en Grupo Méndez, ni siquiera en una sucursal.
Llevaba tantos años siendo la mujer de Lorenzo que conocía a muchas otras «amigas» en su misma situación. Pedirles el favor de colocar a Olivia sería fácil.
Mientras mantuviera a Olivia lejos de Lorenzo, podrían seguir siendo primas.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda