—Ya llamé, llegarán pronto.
En ese momento llegaron Álvaro y los guardias de seguridad del fraccionamiento.
Carolina fue a abrir la puerta principal de la villa para que entraran, sin tener que saltar la barda como Elías y su gente.
—Caro, ¿estás bien?
Álvaro estaba pálido. Lo que su hermana le dijo antes de colgar lo había asustado de muerte.
Había venido volando.
—Estoy bien. Por suerte los descubrí a tiempo y no dejé que subieran a la azotea. Si hubieran subido, quién sabe qué habría pasado.
Álvaro miró la escena y vio a Elías, deduciendo que él y sus escoltas habían sometido a los delincuentes.
Se acercó.
Elías también lo miró, sin decir nada.
—Elías, ¿dijeron quién los mandó?
Tratándose de la seguridad de Isabela, no se pusieron a pelear en ese momento.
Elías respondió:
—Son desconocidos. Dicen que querían robar, pero no les creo. Para atraparlos, mis hombres sudaron para someterlos; no son rateros cualquiera, son profesionales.
No importaba si no decían la verdad ahora; la policía se encargaría de sacarles la información.
Álvaro dijo con preocupación:
—¿Será gente de El Cicatrices?
El Cicatrices seguía en la cárcel, metido allí por Elías e Isabela.
La última vez que intentaron secuestrar a Elías, la pareja se resistió hasta que llegó la policía. Uno terminó herido y el otro ileso, y aunque capturaron a varios secuestradores en el acto, los que huyeron fueron perseguidos por más de un mes.
Ahora todos habían caído.
El Cicatrices era el líder de la banda y recibiría la condena más dura.
Pero seguro tenía muchos "hermanos". Tras su captura, era de esperarse que su gente quisiera vengarlo y ajustar cuentas con Isabela y Elías.
Elías tenía el rostro igual de serio. Dijo en voz baja:
—Es posible.
Pero, ¿cómo sabían los hombres de El Cicatrices que Isabela vivía sola allí?

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