Adrián giró la cabeza y, al ver que ella aún no iba a comer, la apresuró de nuevo.
—Ah, sí, ya voy.
Mónica se dio la vuelta y entró en la cocina.
Le había dejado comida en la olla, todo caliente.
Sacó los platos, los puso en la mesa del comedor, se sentó y probó su sazón.
Al principio, la cocina de Adrián no era gran cosa, pero ahora cocinaba cada vez mejor.
Como no cocinaba muchas veces en su casa, Mónica sospechaba que Adrián debía estar practicando en secreto en la suya.
Seguro era por ella.
Las cosas que hacía por ella eran discretas; muchas veces ella ni se enteraba.
Como cuando les presentó negocios a su familia para ayudar a expandir la empresa; ella no lo sabía, se enteró por Melina y Carolina.
*Ring, ring, ring...*
Sonó el celular de Mónica.
Miró la pantalla; era su madre llamando.
Mónica contestó.
—Mónica, ¿ya comiste? —preguntó la señora Torres por teléfono—. Hija, quiero comentarte algo.
—Dime, mamá. ¿Qué pasa? Estoy comiendo justo ahora.
—Por muy ocupada que estés con el trabajo, tienes que comer a tus horas. No lo dejes siempre para tan tarde. Si no comes bien, te vas a fregar el estómago.
—Lo sé, mamá, es solo de vez en cuando. ¿Qué querías decirme?
La señora Torres rió:
—Tu tío quiere presentarte a un muchacho. ¿Tienes tiempo de venir a conocerlo? Tu tío dice que es muy buen partido, tiene un trabajo con sueldazo y su familia es sencilla, solo son tres.


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