—Adrián no sabe nada de esto. No sabe que le tomé tantas fotos a escondidas; si se entera, me va a regañar. Él dijo que quería ganarse tu corazón con su propia sinceridad, que no necesitaba nuestra ayuda.
»Pero yo soy una metiche y por eso vine a molestarte un rato.
Mónica sonrió: —Señora, le creo.
Si Adrián quisiera presumir sus méritos, ya se lo habría dicho él mismo, no habría esperado a que viniera su mamá.
—Mónica, gracias por confiar en mí.
La señora Delgado se sentía un poco culpable. Nadie en su casa sabía que había venido hoy, mucho menos su hijo.
Es que ya no aguantaba, sentía que su hijo no avanzaba nada en la conquista y, como se moría de ganas de tener nuera, se escapó para hacer esta visita.
De hecho, pasaba seguido por ahí y sabía que esos dos locales eran de Mónica e Isabela, pero por la advertencia de su hijo, cada vez que pasaba manejando, no se atrevía a entrar.
Tenía miedo de que su hijo se enojara y también de presionar a Mónica.
Platicaron mucho más. Principalmente hablaba la señora Delgado, parecía una vendedora promocionando con todas sus fuerzas a su propio hijo.
Estuvieron charlando dos horas.
La señora Delgado miró la hora; pronto sería la salida del trabajo y sabía que su hijo vendría, así que se despidió a regañadientes.
Mónica le empacó dos cajas de pasteles para que se los llevara.
Aunque la familia Delgado podía comprar cualquier postre, la señora recibió las dos cajas con una alegría inmensa.
Mónica se quedó en la entrada de la tienda viendo cómo se alejaba el coche de la señora Delgado.
Cuando perdió de vista el vehículo, se dio la vuelta, regresó a la cafetería, se sentó frente a la computadora, se quedó quieta unos minutos y luego empezó a escribir.
Poco después llegó Isabela.
Traía dos loncheras térmicas. Al ver a Mónica tecleando en la mesa del rincón, se acercó.

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