Sus días en la familia Méndez no habían sido precisamente un lecho de rosas. Rodrigo siempre fue muy frío con ella, y no solo eso, a menudo la molestaba. Ella había querido cortar lazos con esa familia desde hacía mucho, pero se había aguantado por su madre, que aún vivía bajo ese techo.
Ahora que su madre se había liberado de los Méndez, Isabela por fin podía recuperar el apellido de su padre biológico.
—¿Quién dice que no lo sabía? Claro que lo sabía, ella misma me lo dijo. Me enteré de que recuperó el apellido de mi suegro y fui a la florería a comprar este ramo precisamente para celebrar que vuelve a ser Romero.
Elías alzó la barbilla, desafiante.
—Y no importa si se apellida Méndez o Romero, sigue siendo mi mujer.
—Qué descarado eres. Ya están divorciados, ten un poco de vergüenza y deja de llamarla «mi mujer». Antes ni siquiera te gustaba decirle así.
Viendo que los dos estaban a punto de armar un escándalo, la secretaria intervino rápidamente:
—Señores, por favor, tomen asiento allá y esperen a la señorita Romero.
Señorita Méndez... ah, no, señorita Romero.
Hoy, al llegar a la oficina, Isabela les había informado en la junta matutina que, a partir de ese día, debían llamarla por su apellido original. Explicó que de niña tomó el apellido Méndez cuando su madre se volvió a casar, pero ahora que su madre estaba divorciada, no había razón para mantenerlo.
Elías le lanzó una mirada asesina a Álvaro, soltó un bufido y se adelantó para agandallar el mejor lugar en el sofá.
A Álvaro le dio igual y se sentó en cualquier sitio.
La secretaria les sirvió un vaso de té a cada uno.
—Gracias —dijo Álvaro con una sonrisa amable.
—No es nada, señor Morales.
Al ver esto, Elías murmuró un agradecimiento a regañadientes.
Álvaro se burló:
—Ni te sale natural. Solo das las gracias porque viste que yo lo hice. Elías, no tienes personalidad, todo me lo copias.

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