Isabela se sorprendió un poco. Mientras tomaba los guiones que Álvaro le extendía, sonrió y dijo:
—¿A poco el señor Morales se va a meter al negocio de las series? ¿Quieres que te demos un papel?
—O mejor, sé el protagonista. Eres un magnate de verdad, así que te saldría natural, primera toma y queda.
Álvaro rio.
—Donde hay dinero, todos quieren su rebanada del pastel.
—Yo no soy la excepción, hay que aprovechar la tendencia.
—Si yo soy el protagonista, ¿tú serías la protagonista femenina? Si tú actúas, yo le entro.
Isabela soltó una carcajada.
—Yo paso, no tengo talento para eso, no me sale.
Álvaro sonrió.
—Entonces yo tampoco. Revisa los guiones primero. Si te parecen viables, nos asociamos para producirlos. Vamos setenta-treinta en las ganancias; tú el setenta, yo el treinta, al fin y al cabo yo solo pongo el guion.
—Tú pones la mayor parte del trabajo y la producción, es justo que te lleves la mayor parte. Si te parece poco, puedo bajar mi parte: ochenta para ti, veinte para mí.
Isabela se apresuró a decir:
—Álvaro, no puedo abusar así. Vamos sesenta-cuarenta.
—No, máximo setenta-treinta, u ochenta-veinte.
Álvaro se negó a aceptar el cuarenta por ciento. Insistió en quedarse con el treinta como máximo.
Isabela sonrió.
—Está bien, lo dejamos en setenta-treinta. Déjame leer los guiones, me tomará un rato. ¿Quieres irte y te aviso cuando termine?
—No te preocupes, léelos tranquila. Esperar aquí me da lo mismo.
—¿Y los asuntos de tu empresa?
—Hoy está tranquilo, no tengo mucha chamba —mintió Álvaro.
La realidad era que había dejado un montón de pendientes para venir a verla. Por la tarde tendría que trabajar horas extra para compensar.
Pero valía la pena el sacrificio para conquistarla.
Si no se esforzaba y no le echaba ganas, Elías podría ganársela de nuevo, y eso sí que lo lamentaría toda la vida.
Ella leía novelas a gran velocidad, así que los guiones fueron pan comido.
Álvaro ya había preparado el té, pero no se acercó; se quedó sentado en el sofá para no interrumpirla.
—Álvaro.
Solo cuando Isabela lo llamó, él tomó la tetera y las tazas y se acercó.
—¿Gustas una taza?
Isabela asintió. Álvaro le sirvió y comentó:
—Este té lo trajiste de tu casa, ¿verdad?
Era té fino, de buena calidad.
Él lo había probado antes en casa de Elías. Sabía que a Elías le gustaba y él mismo había comprado de esa marca; Elías también le había regalado un poco en alguna ocasión.
Isabela no lo negó.
—Sí, lo traje de casa.
Elías le había dejado la mansión con todo lo que había adentro, y ella lo aceptó todo. Si ya tenía buen té en casa, ¿para qué comprar más? Se trajo un poco a la oficina para, al menos, tener algo bueno que ofrecer a los clientes.

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