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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 775

Ella soltó una risita nerviosa.

—Siéntate un momento. Voy a decirle a Isabela y luego vamos a caminar por aquí cerca.

—Está bien.

Adrián estaba rebosante de alegría.

Mónica ya no lo rechazaba sistemáticamente.

La convivencia entre los dos se parecía cada vez más a la de una pareja.

En cuanto Mónica entró, Adrián sacó su celular para enviarle un mensaje a Álvaro, pero Elías se acercó de repente y le preguntó:

—¿Quieres darle el pitazo a Álvaro?

Adrián levantó la cabeza de golpe y le reprochó a Elías:

—Elías, ¿acaso flotas o qué? ¡No haces ruido al caminar! Casi me matas del susto. ¡Casi me da un infarto!

—Hablo con Álvaro todos los días.

Elías resopló con frialdad.

—Ahora ustedes dos son cómplices, se han unido para ir en mi contra.

—¿Cómo que en tu contra? ¿Qué has perdido? Elías, ahora pareces un erizo, lleno de espinas por todos lados, queriendo picar a cualquiera que se te acerque.

—¡Jum!

Elías resopló de nuevo, jaló a Adrián hacia su mesa y lo obligó a sentarse.

—Álvaro y yo ya no somos amigos, pero tú y yo sí. Ya que nos encontramos aquí, vamos a platicar un rato.

Si Adrián tenía que atenderlo, no podría enviarle el mensaje a Álvaro para que viniera corriendo.

Adrián soltó una risa resignada.

—Elías, piensas demasiado. De verdad no pensaba darle el pitazo, solo iba a hablar con Álvaro sobre cosas de negocios.

—Nosotros también podemos hablar de negocios. Nuestras familias tienen muchos proyectos en colaboración, podemos hablar del que quieras.

Adrián: —...Elías, de verdad que no tiene caso que te pongas así.

—Para ustedes no tiene caso, para mí sí.

Después de terminar su café en silencio, Elías se levantó, fue a la caja y pagó escaneando el código.

Era un cliente frecuente, así que sabía exactamente cuánto costaba lo que pedía.

Tras pagar, giró la cabeza para mirar hacia el interior del local y, después de un momento, se dio la vuelta para salir.

Los guardaespaldas que lo acompañaban se levantaron apresuradamente para seguirlo.

Los guardaespaldas que él había asignado para proteger a Isabela se quedaron en la cafetería.

Al saber que Elías se había ido, Isabela no hizo ningún comentario.

Durante los siguientes dos días, siempre que Isabela iba a la cafetería, él aparecía para tomarse un café en silencio y luego irse.

Esa noche, Isabela tenía que asistir a un banquete de negocios. Elías, que originalmente no planeaba ir, decidió asistir al enterarse de que Isabela había recibido una invitación y confirmando que ella iría.

Isabela regresó a casa al atardecer para cambiarse de ropa y maquillarse para la ocasión.

Elías llegó a casa antes que ella. Se quedó de pie en el balcón del segundo piso, que daba justo hacia la entrada principal de la villa, desde donde pudo ver a Isabela pasar en su coche frente a su puerta.

Estaba esperando para ir con Isabela al Gran Hotel de Nuevo Horizonte, donde se celebraría el banquete.

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