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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 826

Elías explicó con naturalidad:

—Abuela, confío en el ojo de Marco. Tiene un instinto bárbaro; fíjate en los últimos años, casi todas las películas en las que ha invertido han dado dinero. Rara vez pierde, y cuando le va mal, al menos recupera la inversión.

La señora Fátima replicó:

—Nuestra familia tiene dinero de sobra y puede asumir ese riesgo, pero Isa apenas tiene sus ahorros. Hacer que invierta ochenta millones... ¿y si sale mal?

—Marco dice que ella aceptó poner los ochenta millones en cuanto leyó el guion.

—Abuela, los negocios son un volado.

—Con el cine pasa lo mismo. A veces nadie da un peso por una película y resulta un éxito al estrenarse; otras veces se tienen muchas expectativas y termina pasando sin pena ni gloria. Nunca se sabe.

—Habrá que esperar a que se estrene a inicios de año para saber si pega o no. Que el público decida.

La señora Fátima suspiró:

—Si Isa ya invirtió, no hay nada más que decir. Solo queda esperar el estreno. Si Isa pierde dinero, tú tendrás que reponerle esos ochenta millones, porque fuiste tú quien la orilló a perderlos.

—Pero si la película es un éxito y gana dinero, será gracias al buen ojo y la buena estrella de Isa. Sus ganancias serán solo suyas.

Elías soltó una risa corta.

—Qué bárbara, abuela, qué preferencia tan marcada. Si pierde, yo pago; si gana, no tengo ningún mérito.

—¿Qué mérito vas a tener? Perdiste a una gran mujer por tu culpa. Tu abuela te lo dijo mil veces: «Trata bien a Isa, es una muchacha con ángel».

—Pero no hiciste caso. Ay, a lo mejor lo de ustedes dos siempre ha sido complicado.

La señora Fátima recordó que, cuando Isabela insistió en divorciarse, ella fue con un astrólogo para ver si esa relación tenía futuro.

Sin embargo, después de analizar las cartas astrales de ambos, el astrólogo se quedó callado. Tras insistirle varias veces, el hombre dijo que la carta de Isa estaba borrosa, ilegible, y que la línea del matrimonio de Elías era inestable, aparecía y desaparecía.

Dijo que nunca había visto un destino así y le pidió a la señora Fátima que dejara de buscar respuestas; que dejara que el tiempo decidiera. Si iban a envejecer juntos, dependería de ellos. El destino estaba en manos de Dios y Él ya tenía sus planes.

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