—Tú llamaste a mi papá y a mi hermano, ¿verdad? Si la puerta estaba cerrada, ¿no podías tocar?
—Los hiciste venir a patear la puerta y mira cómo dejaron a mi secretaria. Si tiene lesiones internas, ustedes tendrán que pagar los gastos médicos.
Jimena soltó una risa fría, se levantó de golpe y caminó hacia la sala de descanso.
El pánico cruzó por los ojos de Rodrigo. Se levantó de un salto y corrió tras ella, agarrándola del brazo. Suavizó su tono y dijo:
—Amor, ¿qué te pasa? ¿Estás molesta porque cerré la puerta para hablar con la secretaria?
—De verdad es secreto comercial, no podíamos dejar que nadie escuchara. Poner el seguro fue solo por seguridad, no pasó nada malo.
El señor Castillo y su hijo se miraron el uno al otro, dándose cuenta de que algo andaba mal.
Rodrigo estaba mintiendo. Se le notaba nervioso, asustado.
Kevin Castillo, el padre de Jimena, recordó que su esposa le había comentado una vez que había oído rumores sobre la infidelidad de su yerno, pero que su hija lo había negado, diciendo que era un malentendido.
¿Acaso el yerno realmente estaba siendo infiel?
¿Con la secretaria?
—Rodrigo, Jimena, vengan acá —ordenó Kevin con autoridad de patriarca.
Rodrigo intentó llevar a Jimena hacia ellos, pero ella se soltó de un tirón.
—Rodrigo, ¿por qué estás tan nervioso? Solo quiero entrar a tu baño privado.
—No estoy nervioso. Es que no quiero que malinterpretes las cosas, solo te explicaba. Si quieres ir al baño, te acompaño.
—No hace falta.
Jimena volvió a dirigirse hacia la sala de descanso.
Rodrigo estaba aterrado.
En la sala de descanso, la cama todavía estaba hecha un desastre.
Si Jimena la veía, se armaría la de San Quintín.

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