La secretaria miró a Isabela y, tras obtener su aprobación, fue a buscar varias sillas para que todos tuvieran dónde sentarse.
—Isabela, ¿qué haces ahí sentada? Ven acá, tenemos que hablar contigo —dijo el anciano, dirigiéndose a ella.
Isabela se levantó y rodeó el escritorio, pero no caminó hacia ellos. Se recargó en el escritorio, con las manos en los bolsillos del pantalón, y les dijo:
—Hablen, digan a qué vinieron. Mi oficina no es tan grande, puedo escucharlos desde aquí, y supongo que ustedes también me escuchan a mí.
Una mujer de mediana edad intervino:
—Isabela, si tu abuelo te llama, vienes. ¡Y no puedes estar ahí parada, tienes que arrodillarte!
—¿Arrodillarme? ¿Por qué fregados debería arrodillarme? —replicó Isabela sin cortesía—. Esta es mi oficina, ustedes no son más que intrusos. Dejarlos entrar ya es darles demasiada consideración.
La mujer insistió:
—Eres una malagradecida, ¿no deberías arrodillarte? ¡Soy tu tía!

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