••Narra Derek••
Se negaba a soltarme. Tuve que bajar con ella en mis brazos.
Carla nos recibió en la puerta con una sonrisa que rápidamente se transformó en preocupación. Se acercó a toda prisa a nosotros y no dudó en darme un manotazo en el brazo.
―¿Ahora que le hiciste?
La miré con el ceño fruncido.
―¡Yo no le hice nada!
―¿Ah, no? Perdón, la costumbre ―Se rascó la cabeza, mirando a Erika.
―Carla, por favor, dile a la cocinera que prepare un té para los nervios ―dije, sintiendo como Erika hundía cada vez más su rostro en la zona que une mi cuello con el hombro. A este paso, iba a terminar traspasando mi cuerpo. Estaba intentando ocultar su rostro con la chaqueta.
No quería ser vista de esa manera.
Me fijé en la cantidad de empleados que pasaban junto a nosotros, fingiendo no estar interesados en la situación.
Este no era un buen lugar para ella.
―Enseguida ―Y desapareció de mi vista.
Caminé con ella en mis brazos hasta llevarla a la habitación. Logré colocar la parte posterior de su cuerpo sobre la cama, lo difícil fue la superior, me tenía agarrado del cuello con fuerza, negando a soltarme.
―Necesito que me sueltes, pequeña.
―¿Por qué? ―sollozó―. ¿No quieres estar conmigo?
―Jamás sería capaz de pensar de esa forma. Simplemente, quiero cambiarte la ropa y ponerte algo más cómodo. Estuviste en ese callejón.
Lentamente, me liberó de su agarré y me miró con sus grandes ojos azules que estaban inyectados en sangre. Su rostro estaba rojo y sus labios hinchados.
Estiré la mano para soltar los botones de su vestido y ella se me adelantó. Comenzó a soltar los botones. Le quité la mano y tomé su lugar.
―Yo puedo hacerlo ―susurró.
―Pero yo quiero hacerlo, esa es una gran diferencia ―hablé con firmeza.
Porque siempre fui creyente de la diferencia que había entre querer y poder. Y yo podía y quería hacer esto.
―Levanta los brazos ―exigí y traté que mi voz no sonara tan cortante, sin embargo, no lo conseguí.
―Derek, soy una mujer adulta, no me siento cómoda con el hecho que me tengas que cambiar como una niña ―dijo, con la nariz mocosa.
―Erika, simplemente, deja que te consienta, si no lo haces por ti, hazlo por mí. No sé cómo más ayudarte ―Le quité el vestido por la cabeza.
No replicó.
Aproveché en ir al Vestier y escoger un camisón de satín. Al regresar, se lo puse y le quité las sandalias. Ella tal vez no se daba cuenta, pero inconscientemente, se acariciaba el dedo o lo protegía con su otra mano.
―Ya vuelvo ―dije con prisa.
Una vez machaqué la pastilla en el té, se lo llevé a Erika, que estaba mordiéndose las uñas.
―Ten.
Lo olfateó al tenerlo entre las manos.
―¿Qué le echaste?
―Solo tómalo, es para que te relajes, confía en mí ―La miré directo a la cara y no sé qué habrá visto en mi rostro, pero se lo tomó de un trago, sin saborearlo.
―¿Qué harás una vez que me duerma?
Mi pequeña y perspicaz mujer… No se le escapaba una.
―Me encargaré de él, para que no vuelva a lastimarte ―Lo mataría, era la única forma de librar a mi pequeña de esa psicópata.
―¿Me vas acompañar hasta que me duerma? ―Noté como los ojos se le cerraban en contra de su voluntad.
―Por supuesto ―Me acomodé a su lado, permitiendo que se acurruque a su gusto.
―Si el señor Martín descubre que lastimarte a uno de sus hombres… ―habló con lentitud, víctima de la pastilla.
―¿Cómo? ―Parpadeé repetidas veces, mirando su rostro somnoliento―. ¿Él no es Martín?
―No… ―respondió con un nivel de voz bajo―. El hombre que golpeaste fui quién rompió mi dedo y se robó el anillo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...