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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 101

No tuve que esperar mucho para que Erika se quedará dormida, en menos de diez minutos la pastilla hizo su efecto y se encontraba de lado, respirando lentamente, con su cabello cubriendo parte de su rostro.

Tuve que bajarme de la cama lentamente. ¿Por qué? Porque quise, ya que Erika no se iba a despertar por eso. La arrope hasta los hombros y la contemplé durante un breve segundo, observando lo que habían hecho con mi mujer, en quien la habían convertido, como la habían reprimido.

Había cambiado mucho desde nuestra etapa universitaria y aún así la amaba, pero no era ciego, parte de su personalidad se debe a las experiencias y maltrato a las que estuvo expuesta esta última década.

La amaba tal cual era y pensé que lograría odiarla porque ya no era la misma mujer de la que me enamoré en el pasado, pero no fue así, seguía sintiendo lo mismo. Sé que en el momento que sane, su personalidad cambiará y yo sentiré lo mismo por ella, por eso, no tengo miedo que cambie, siempre y cuando mejore.

…..

En el sótano que había en el jardín de la mansión, se encontraban Sophia y Justin custodiando al hombre que lastimó a Erika, lo dejaron tal y como pedí, en una silla, atado de pies y manos.

―Pueden retirarse ―Le ordené a ambos guardias.

Ambos asintieron y cumplieron mi orden.

Nos quedamos solos en el absoluto silencio. Él no dijo nada y yo tampoco, la intriga y la sed de sangre se respiraban en el lugar. Lo rodeé, caminando con pasos lentos y las manos metidas dentro de los bolsillos del pantalón.

―¿Cómo te llamas? ―dije al final.

No respondió. Me preguntaba si era gallardía la razón por la que no hablaba o le había sacado la mandíbula de lugar por los golpes.

―¿Eres un simple lacayo de Martín?

Nuevamente, sin respuesta.

Odiaba a los tipos como él que se hacían los duros y al final terminaban cantando como princesitas. Aunque no es información lo que quería de su parte, quería mandar un mensaje, hacer salir al conejo de su madriguera, pero no sin antes hacerlo pagar por lo que hizo y por lo que estuvo apunto de hacerle nuevamente.

Tosió e inhaló con fuerza.

―No importa el dinero que tengas, desgraciado ―El hombre trató de sonar intimidante, pero verlo mover la boca como pez fuera del agua, no le sumó puntos―. El señor Martín no la dejará ir, no luego de que ella le rompiera la cabeza con un vaso.

Sonreí, porque esa es justo la respuesta que quería. No me apetecía llenarle los bolsillos a ese engendro que tanto lastimó a Erika. Quería que pagara con sangre y eso conseguiría.

―Entonces, tendré que mandar otra clase de mensaje ―Me coloqué detrás de él y tomé su dedo, el mismo que le partió a Erika.

Con un movimiento rápido, se lo rompí.

Gritó y no me importó.

Lo sacaría de aquí con todos los malditos dedos rotos y que él mismo se encargara de contarle a Martín lo que le hice. No le quedará más opción que salir de su escondite y darme caza.

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