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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 99

••Narra Derek••

Si ya lo quería muerto por poner sus manos sobre Erika, ahora quería despedazado por ser el hombre que la ha dañado tanto física y emocionalmente en el pasado.

Y no se lo iba a dejar fácil, tenía que sufrir y me aseguraría de eso.

El hombre ya no se movía, estaba inconsciente, con el rostro más manchado de rojo que de su color natural.

Respiré profundo, sintiendo que el aire que pasaba por mis pulmones estaba envuelto en llamas.

Resoplé y me fijé en mis nudillos cubiertos de sangre. El olor a hierro era fuerte.

No quería tocar a Erika con las manos en este estado, pero tenía que hacerlo, no podía dejarla en el suelo.

Estiré las piernas y caminé hacia ella, acuclillándome frente a la mujer que me robó el corazón. Seguía sin mirarme, concentrada en su mano.

―Erika ―susurré con cuidado, pero no me respondió―. Erika.

Fui subiendo el tono de voz un poco cada vez que la llamaba, pero ni así lograba tener su atención. Estaba completamente ida.

No tuve más opción que poner mis manos sobre las suyas, se sobresaltó de inmediato, soltando un grito.

―¡No! ¡No!

―Shhh, ya, ya, estás bien ―hablé en voz baja, poniendo una de mis manos en su mejilla mientras con la otra seguía sosteniendo sus manos temblorosas.

Logré que me miraba.

―Derek… ―exhaló, examinándome con sus grandes ojos azules que estaban inyectados en sangre―. Viniste por mí.

Sollozó con más fuerza y se abalanzó contra mí, enterrando su rostro en mi cuello y pasando una de sus manos por mi hombro. Me percaté que mantuvo su mano enjoyada contra su pecho, era lo único que impedía que nos abracemos plenamente.

Hundí mis dedos en su cabello, sintiendo su fresco aroma y con la otra mano rodeé su cintura, acercándola más.

Un sentimiento amargo se alojó en mi pecho. Era una incomodidad que me pesaba, que trataba de jalarme hacía abajo y adherirme al piso. ¿Así se sentía la tristeza por ver sufrir a alguien que amas?

―Me iba a romper el dedo de nuevo, para que entrara.

Necesité toda mi fuerza de voluntad para resistir la necesidad de bajarme del coche y devolverme para terminar de romperle la cara.

Resopló, apretando la mandíbula.

―Ese imbécil ha no podrá lastimarte, Erika. Dame el anillo, por favor.

Subió la cabeza y yo bajé la mía, pero no siquiera así pude mirarla como es debido ya que estaba demasiado cerca, pero pude sentir su nariz contra mi mentón. Su respiración se escuchaba un poco más controlada.

―¿Para qué?

Al hablar, relajó la mano, tomé eso como invitación y puse mis dedos alrededor del anillo. Lo saqué con cuidado, sentía que el más mínimo movimiento podría alterarla.

Una vez fuera, lo metí en el bolsillo de mi pantalón.

―Le daré un uso muy especial, lo prometo.

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