Entrar Via

Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 106

Derek me había comprado una férula deportiva para la muñeca y el antebrazo. Sentía la mano muy quieta, rígida y apretada, pero el malestar era menos intenso.

Habíamos adaptado el gimnasio personal de Derek para mayor comodidad. El primer día nos dedicamos al calentamiento y conocernos un poco. En la segunda sesión si comenzamos con algunas posiciones básicas y golpes, pero nada fuera de lo común y evitaba usar mucha fuerza, lo cual me hacía más lenta al implementar las tácticas implementadas. Por más que la doctora haya dicho que estoy bien, sentía esa serie de corrientazos al ejercer presión o fuerza desmesurada.

Derek venía a ver de vez en cuando.

Al terminar la rutina y despedirme de la profesora, fui a la habitación. Me quité la férula con cuidado, sintiendo la zona palpitar. Me tomé un analgésico y un antinflamatorio juntos, con un poco de té que hace el mismo efecto supuestamente. No sabía si mezclarlo era bueno, pero lo necesitaba con urgencia.

Me he estado tratando de esta forma y no siento mejoría alguna. Extraño los otros analgésicos, extraño vivir sin dolor.

No podía estar así.

Abrí los cajones, esperando conseguir mis analgésicos anteriores. No había rastro de ellos, pero conservaba la esperanza de haber dejado una caja a medias por ahí. Busqué n mi Vestier y nada. Fui al de Derek y tampoco había nada fuera de lugar.

Abrí su cajón de los perfumes, que antes estaba lleno y poseía una variación extensa. Agrandé los ojos al percatarme que todo había desaparecido. Su edición de perfumes ya no estaba. Solo había sobrevivido una caja que parecía haber sido olvidada.

¿Qué le habrá pasado al resto de perfumes?

Me llevé el pequeño frasco a la nariz e inhalé con fuerza. Era el mismo olor que tanto me fascinó la otra noche y que Derek ha utilizado desde entonces.

―¿Eres un sabueso? ―La voz a mis espaldas me hizo sobresaltarme―. ¿Tanto te gustó este perfume? Y eso que no tiene feromonas.

Se acercó a mí y me tomó de la cintura, no sin antes quitarme el frasco de las manos y dejarlo sobre la encimera.

Apretó mi nalga con fuerza.

―Si tanto te gusta, puedes olerme a mí ―estiró su cuello, dándome una vista perfecta de sus venas.

Como si hubiera estado hipnotizada por el olor, por su piel y por su forma de hablarme, enterré mi cuello en aquella área, descansando mis manos en sus hombros.

Sin darme cuenta, me encontraba desabotonando su camisa.

Suspiró con cansancio, levantándose de la cama y poniéndose los pantalones. Mantuve mi cuerpo cubierto.

―Erika, no voy hacer eso ―dijo de espaldas.

―¡No te lo estoy pidiendo porque disfruté tragar pastilla, te lo pido porque en verdad me duele!

―No, pídeme cualquier cosa menos que te compre esos medicamentos, porque no importa cuántas veces me lo pidas, no lo voy hacer.

―Pero es que…

―¡Sin peros, Erika! ―interrumpió Derek con fuerza―. Ya dije lo que tenía que decir. Yo no pienso convertirme en el esposo de una drogadicta.

Salió de la habitación dando un portazo.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa