Parpadeé, insólita.
Las palabras de esta mujer retumbaban en mi cabeza. Sentí que el oxígeno dejó de circular en mis pulmones y que la razón perdió la batalla. El pecho me dolía fuertemente.
―¿Buenas? Señor Fisher, ¿está ahí?
Unas manos sujetaron mis caderas, manteniéndome en el lugar. De pronto, una de las manos de Derek fue al celular en mi oreja.
No pude ni reaccionar. Estaba anonadada
―Diga ―respondió con voz ronca.
Nuestros rostros estaban a milímetros de distancia. Su brazo rodeaba mi cintura. Incluso, me estrechó aún más a su pecho desnudo y caliente.
Me quedé viendo su rostro, detallando sus rasgos, preguntando si era un impostor quién tenía en frente. Desconocía el hombre que tenía mi cintura agarrada y que se negaba a verme a los ojos.
¿Me está engañando?
―Sí, sí ―respondió con prisa, desviando la mirada.
“Sí, sí” La mujer le debe estar preguntando si debe venir esta noche después de que me duerma. ¿Él acaba de acceder?
El corazón se me estrujó como papel.
Era imposible defenderlo, aún más, por el nerviosismo que mostraba al hablar con la mujer, como si se estuviera pensando dos veces las palabras que debe decir delante de mí.
Trancó.
Me dirigió una mirada sería antes de relajar los hombros.
¿Estaba aparentando calma?
―¿Llevas mucho rato despierta, querida? ―Apartó el cabello de mis hombros, fingiendo que no estaba pasando nada.
―¿Quien es ella? ―pregunté directamente.
Tal vez debí actuar como si nada pasará. A veces, la ignorancia era menos dolorosa que el conocimiento. Pero, si hacía eso, no podría vivir conmigo misma. La duda y la vergüenza me carcomerían hasta los huesos.
―¿Quién? ―preguntó, haciéndose el loco.
Enarqué una ceja, a punto de estallar. No iba a permitir que este hombre me tratará de loca.
―La mujer que te llamó ―sisee.
―¿Qué tanto escuchaste? ―preguntó, con los ojos entrecerrados.
―No tienes que estar celosa ―continuó hablando, paseando su pulgar en círculos sobre mi piel―: Yo solo te deseo a ti. Deberíamos aprovechar la posición y tener sexo.
―No creo que lo necesites. Ya debes estar satisfecho ―hablé, mordaz, entrecerrando mis ojos azules.
―Créeme que no lo estoy. Compartir la cama contigo todas las noches y no poder tocarte porque estás molesta conmigo, es un verdadero martirio ―dijo con lentitud. Parecía completamente ajeno a mi descubrimiento sobre su infidelidad.
Me besó. Un beso largo, juguetón y pasional. Tal y como me gustaba de él. Y lo único que sentí, fue tristeza. Mi boca no pudo seguirle el ritmo, no porque no podía, sino porque no quería. No quería sus labios sobre los míos, fingiendo que deseaba besarme cuando estaba planeando reunirse con otra mujer en la noche.
Lo mordí.
Soltó un alarido y se apartó. Aproveché en levantarme de su regazo y acercarme a la pared. Me limité a mirarlo mientras se sobaba el labio partido.
Saboree el líquido metálico y amargo en mis dientes.
―¿Qué demonios? ―gruñó.
―Me estás siendo infiel ―Le solté.
Él me miró enseguida, como si estuviera loca.
―¿Qué?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...