―¿Desde cuándo? ―pregunté, tratando de no sonar herida―. ¿Fue solo con Sophia o hay más?
―Erika, no te estoy engañando con nadie. ¿Sacas todas esas conclusiones solo porque me llamó una empleada? ―Se levantó de la cama. Por suerte, tenía un pantalón de pijama. No sabría muy bien que hacer si lo encontraba desnudo. Aún no me acostumbraba a verlo en todo su esplendor..
―Deja de mentirme ―supliqué, cansada.
Y entonces, se me vino a la mente. ¿Y si todo esto era un plan? ¿Quería enamorarme para luego lastimarme de esta manera porque lo rechacé en el pasado? ¿Siempre estuvo en sus planes serme infiel, humillarme? ¿Se divertía burlándose de mí mientras estaba con otras mujeres?
Los pensamientos eran mucho más horrorosos según pasaban los segundos. Me invadían más y más dudas. ¿Jamás me amó? ¿Me enamoró y me encerró en un trato matrimonial para no poder escaparme y tener que soportar sus infidelidades?
―¿Era parte de tu plan? ¿Querías enamorarme y después serme infiel? A pesar de todo, ¿aún me odias?
Se acercó a mí y lo único que pude hacer, es pegarme a la pared. Mi rostro quedó a la altura de su pecho. Aparté la mirada.
―Erika, ¿estás llorando?
Él tomó mi rostro, paseando sus pulgares por mis mejillas humedecidas.
Pensé que estaba haciendo un buen trabajo en ocultar mi dolor, para no darle esa satisfacción. Y terminé fracasando. Supongo que debe estar feliz que su maligno y meticuloso plan haya dado frutos.
―Erika, yo te amo ―dijo con ternura.
―Ya basta. Ya deja de fingir ―supliqué.
Me encantaría creerle. Rogaba porque fuera cierto, pero, ¿por qué otra razón invitaría a una mujer a su mansión en la madrugada mientras su esposa duerme?
―No estoy fingiendo ―respondió con dureza, obligándome a verlo―. No pensé que fueras así de celosa solo porque me llamó una empleado. Yo no te he estado engañando con Sophia ni con ninguna otra mujer. Y no tengo contemplado hacerlo.
―Todas las palabras que dijiste en el club fueron una farsa ―dije para mí misma, negándome a escuchar sus excusas.
No me podía permitir creer ciegamente en los hombres cuando tenía pruebas de la infidelidad en toda la cara. No me convertiría en esa clase de mujer.
―Erika, basta. Deja de llorar, no me gusta verte así ―dijo en voz baja, como si fuera asustarme.
Corrí de regreso.
Escuché unos pasos bajar las escaleras, acompañado de algunos insultos. Era Derek.
Me encerré en la primera habitación que encontré, asegurando la puerta.
Me tapé la boca, acallando mi respiración.
Tal vez no me haya escuchado entrar aquí y pase de largo. Eso me daría una oportunidad para huir.
No quería verlo en estos momentos, me dolía muchísimo el corazón.
La puerta fue aporreada severamente y supe que no tendría escapatoria.
―Erika, sal de ahí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...