Descansé la espalda contra la puerta, sintiendo la vibración de los golpes y mi corazón latir con prisa, a punto de salirse de mi pecho.
―Erika, escuché cuando entraste. Abre. Necesitamos hablar.
Mantuve la calma. Yo; estaba en una habitación con seguro y con mi peso funcionando de refuerzo. Él; estaba del otro lado de la puerta con sus bolas adoloridas. No lograría entrar.
―¡No tengo nada que hablar contigo, infiel! ―Le grité.
―¡Erika, no te he sido infiel! ―gritó, pero su voz no era potente como de costumbre. Me preguntaba si la voz le cambió por el golpe en las pelotas o porque no quería que sus empleados escucharán―. Sal para que hablemos de esto. Creo que algunas de las infusiones que estás tomando te crea alucinaciones, porque estás diciendo puras incoherencias.
¿Me estaba llamando loca?
―Yo sé perfectamente de lo que estoy hablando. No dejaré que me trates de loca. ¡Y que no se te olvide que estoy tomando esas infusiones por tu culpa!
―Erika ―respiró profundo, usando un tono más calmado―. Casi me dejas impotente y estoy comenzando a dudar que pueda darle nietos a mi abuelo. Mi sueño de embarazarte y tener bonitos bebés contigo se podrían esfumar. Pero aquí estoy, calmado y dispuesto hablar contigo pacíficamente. Sal.
Supongo que sus palabras buscaban tranquilizarme y hacer que yo saliera de la habitación en modo de rendición. Y lo dejé pensar eso durante unos segundos, hasta que respondí:
―Vete al carajo.
Soltó una larga lista de insultos al aire.
―Está bien, quédate ahí. En algún momento tendrás que salir, no tienes escapatoria ―concluyó.
Lo escuché alejarse. Y por fin me sentí con la suficiente confianza para apartar la espalda de la puerta. Esperé unos segundos a que la derribara, pero no pasó nada. Así que me alejé con un poco más de confianza.
Me levanté, observando por primera vez desde que entré, mis alrededores.
Estaba en el gimnasio de la mansión. Quedé sorprendida con lo grande y alto que era.
Desde que he llegado a esta mansión, no me han dado ganas de explorar las habitaciones. Tal vez me falta ese sentido de morbosidad a lo desconocido.
Me estremecí con tan solo pensar que él me volviera a mirar con aquel odio en su mirada. No puede ocurrir eso después de haber conocido la mirada cálida y cariñosa de Derek.
Pasaron una, dos, tres, cuatro horas. Derek volvió a tocar la puerta.
―Hora del almuerzo, sal ―Golpeó la puerta con severidad.
―¡No!
―Ya me estás haciendo perder la paciencia ―gritó, golpeando la puerta con más fuerza.
―Le dije que debía tener más paciencia y saldría por voluntad propia ―Escuché la voz de Carla.
―¿Y quieres que la deje morir de hambre? Ya es tu hora de descanso, déjame solo. Yo lo resuelvo
―Hombres. Por eso mueren solos ―La mujer mayor se fue, proliferando insultos al aire.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...