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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 130

••Narra Erika••

Yo escogí cantar de primera. Grave error, porque existe un dicho que dice: Los primeros serán los últimos.

Seleccioné una canción pop vibrante. Si no ganaba en la categoría de canto, ganaría la de baile. Categoría que acababa de inventar.

Debía admitirlo, no era la mejor cantando, pero le ponía ánimo y energía.

De vez en cuando volteaba a ver a Derek, necesitaba saber si su rostro estaba juzgando mi voz. Sorprendente, cada vez que lo miraba, él me miraba el culo. Ya me ha visto desnuda un montón de veces, ¿por qué se enfrascaba en verme los glúteos inclusive cuando estaba cubierta?

Al terminar, obtuve una puntuación del setenta y ocho por ciento. Era un buen número. Estaba satisfecha con mi presentación.

―Por suerte no hay ventanas en esta habitación, ya las hubieras roto ―Se mofó, usando sus manos para imitar un megáfono.

―Deja la envidia, que no te queda.

―Lo que no te queda a ti son las notas altas, pareces gallo desafinado ―Se rio con ganas―. Por suerte, ya terminó.

Me senté de prisa y él se levantó.

―Que raro, parecías muy entretenido viéndome bailar ―Lo provoqué.

Parece que sabía exactamente a que me refería, porque su mirada me recorrió de arriba abajo.

―Tengo talento para reconocer los buenos espectáculos ―dijo con honestidad.

―No sabía que mi culo era un espectáculo ―respondí con sarcasmo.

Una sonrisa genuina dibujó sus labios.

―Oh, querida. No tienes ni idea ―dijo a través del micrófono―. Y espero que esta noche me lo muevas de la misma forma, pero desnuda y justo frente a mi cara.

Gracias a Dios que la habitación era insonorizada, de lo contrario, estaría muerta de vergüenza.

―Canta antes que te abandone en esta habitación.

Seleccionó una canción mientras se reía.

Escuché unos golpes en la puerta y fue como una llamada de auxilio para mí, aproveché y escapé de la situación.

―Su pedido, señorita ―dijo la empleada, entregándome una bandeja.

―Gracias, me salvaste la vida ―Respondí antes de cerrar la puerta.

―Mira, mira, mira. Trajeron las botanas ―comenté con emoción exagerada, sentándome a su lado.

―Yo quiero mi recompensa, Erika ―intervino, pero hice caso omiso.

―Veamos que trajeron ―Abrí la charola―. Oh, pepitos. Estos me gustan, son picosos.

―Sabes que no te podrás librar de esto simplemente ignorando el hecho ―Siguió diciendo.

―¡Oh, galletas! También trajeron cosas dulces ―Me metí una en la boca―. Está deliciosa, prueba.

Apenas abrió la boca para protestar, le metí una galleta. Se obligó a masticarla mientras me dedicaba una mirada agresiva.

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