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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 129

Este iba a ser un grandioso día, tenía planes bien estructurados para que tuviéramos una cita. Íbamos con el joyero, después a comer en un buen restaurante y al final al cine. Como una pareja normal.

Tomé el celular y llamé al joyero.

―Buenos días, señor David. Quería informarle que nuestra reunión se tendrá que posponer por dos horas. Le ruego que me disculpe ―Erika se giró sobre su asiento para verme, extrañada por mi comentario. Y aún así, no me dijo nada.

El hombre al otro lado del teléfono aceptó mi insolencia con facilidad. Lo escuché durante unos segundos hasta que me harté de su adulación y le corté la llamada.

―Creen que por besarme los pies conseguirán un trago especial ―murmuré para mí mismo.

Ella estaba atenta de lo que hacía y decía, pero se negaba a dirigirme la palabra.

«Muchachita terca»

―Cambiaremos de destino ―Le dije al chófer―. Le mandaré la dirección al GPS del auto.

Al terminar, me volteé a ver a Erika, que casi se le reventaba la vena de la curiosidad. Pude ver sus labios temblando, con la pregunta bailando en ellos.

Miré su vestimenta; pantalón de vestir, camisa azul marino y saco negro con una hebilla dorada. Paseé mi mano por su muslo cubierto.

―¿Crees que este pantalón sea resistente a los movimientos bruscos? ―pregunté.

Se encogió de hombros y negué con la cabeza.

―Vamos a ver si puedes seguir estando callada a donde vamos ―La reté con una sonrisa y frunció el ceño.

Al pasar los minutos, nos detuvimos en el local de karaoke donde a veces llevaba a mi equipo principal de trabajo. Preferían celebrar los logros empresariales con karaoke antes que las cenas aburridas. Una tendencia que se hizo muy famosa por los coreanos.

Algo bailaba en la mirada de Erika al ver el letrero brillante contra la luz del sol.

Entramos al lugar y pedimos un apartado, el cual nos dieron con facilidad.

El micrófono trae un rango de calificación que se refleja en la pantalla. Ella estaba en segundo lugar y yo de primero. Su mano fue al micrófono y lo tapó, causando un ruido sordo.

Me aparté ante el saboteo. Mi calificación bajó drásticamente. Traté de hacer lo mismo con ella, pero huyó y se subió a una de las butacas.

Competitiva, como me gusta.

La agarré de las piernas y la puse sobre mi hombro. El chillido que pegó al estar boca abajo resonó en la habitación y la condenó al segundo lugar.

―¡Eso es trampa! ―exclamó furiosa una vez que la bajé.

―¿Perdón? ¿Yo fui el que empezó acaso? ―dije a través del micrófono, disfrutando de mi triunfo.

―Te reto. Un duelo. Yo canto una canción y tu cantas otra. El que tenga el puntaje más alto, gana ―dijo con convicción.

―Trato hecho.

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