―¿Eres virgen? ―repitió ante mi silencio.
Solo podía pensar en mi adolorida vagina y la rara sensación que dejó ante su salida de mi canal.
―Erika, ¿eres…?
―¡Joder, sí! ―dije histérica.
Mi mente estaba ocupada con el hecho de que me dejé lastimar para saber cómo se sentía ser penetrada.
El rostro de Derek fue de la confusión a la emoción. Las comisuras de su boca se levantaron. Me ofreció una sonrisa genuina, la más sincera que he visto hasta ahora. Algo parecido al alivio cruzó su rostro.
Fruncí el ceño.
Me disgustaba que supiese que soy… era virgen. Lo último que necesitaba era que ese pretencioso hombre se haya llevado mi pureza y eso alimentara su orgullo masculino. Este hombre me quería solo para él. había demostrado su molestia ante la idea de haber sido poseída por otro hombre. Lo cual considero hipócrita porque el hobby de este tipo era desvirgar mujeres y luego desvincularse de lo sucedido.
Pensándolo mejor, temo que haga lo mismo conmigo. Hoy tendremos sexo, pero ¿mañana? ¿Me ignorará? ¿Me tratará como si fuera indigna? Estábamos casados así que sería normal perder mi virginidad con él, pero nuestro matrimonio era falso y estaba sobre la mesa los planes del divorcio una vez que se cumpliera la cláusula del contrato.
―¿Por qué no me dijiste que eras virgen? ―habló con suavidad y alegría―. Hubiese sido más gentil.
―Pensé que estabas siendo gentil.
―Sí, gentil para una mujer con experiencia pero que llevaba tiempo sin tener sexo. No para una mujer virgen.
Sus dedos me acomodaron un mechón de cabello rebelde detrás de la oreja. Sus ojos eran dulces.
―Pensé que solo te acostadas con tus pretendientes vírgenes. Pero parece que no fueron las únicas.
―Algunas mentían sobre seguir siendo vírgenes ―Depositó un casto beso en los labios―. Y luego estás tú, que ocultas tu virginidad.
No sabía que decir.
―Seré suave ―advirtió.
Tanteó su peso, afirmando su posición.
―¡Espera! ―Me quejé.
Se detuvo, atento a mis palabras.
No sabía que decirle. Me rodeaban inseguridades e inquietudes que abarcaban el futuro, mas no podía pensar en eso ahora. Estábamos en el presente y ya habíamos consumado el matrimonio, por así decirlo. No había espacio para la dudas y aún así…
―Me lastimaste ―susurré.
―Discúlpame. Seré más cuidadoso ―Sus dedos se entrelazaron con los míos, colocando mis manos a los lados de mi cabeza.
Me estaba tratando tan diferente; su voz, su forma de hablar, de tocarme. Pasó de ser el animal salvaje sin autocontrol a un protector innato.
Me preguntaba si así habrá actuado con las demás chicas a las que desvirgó. Me obligué apartar esos pensamientos de mi mente.
―Lo meteré ―susurró en mi oído.
Estaba siendo paciente conmigo. El ambiente orgulloso, salvaje, dominante y rudo se había extinguido. La dulzura fue su reemplazo.
Derek estaba siendo extremadamente delicado, cada centímetro que introducía en mi interior estaba acompañado de autocontrol. Podía sentir y escuchar su respiración agitada en mi oreja. Le estaba costando contenerse.
La incomodidad iba creciendo al pasar los segundos. Se me dificultaba ignorar el hecho de que mi cavidad estaba siendo estirada. De pronto, se detuvo.
―¿Cómo te sientes? ―exhaló con dificultad.
―Estoy bien, creo. Pude resistirlo.
Levantó la cabeza, viéndome fijamente.
―No la metí completa.
Agrandé los ojos.
―¿Cómo qué no?
―¡No!
―Prepárate ―dijo con los dientes apretados.
No pude preguntar a qué se refería.
Sus embestidas cambiaron de trayectoria. Sus acometidas fueron a la parte baja de mi interior, rozando un punto exacto. Era como si tocara una bomba que acumulaba mi placer y esta estuviera a punto de estallar. Mi vientre hormigueaba.
La sensación era abrumadora. La vista se me nublaba.
―¡Derek, por favor! ―supliqué entre jadeos.
Mi cabeza era un mar turbulento, ninguno de mis pensamientos era nítido.
La presión en mi vientre aumentó a límites indescriptibles y me dejé ir. Dejé que el placer me arrasara hasta llevarse todas mis fuerzas. Me hundí en el clímax. Fue intenso, pasional, inolvidable.
Estaba luchando contra los estragos del orgasmo cuando sentí un líquido caliente llenar mi útero, la sensación era agradable. Derek gruñó con los ojos cerrados, fundiéndose en mi interior.
Su cuerpo cayó sobre el mío, me aplastaba. Su aliento me causaba cosquillas en la oreja.
―¿Cómo te sientes? ―susurró, causándome escalofríos.
―No puedo respirar ―jadeé.
―Son las secuelas del orgasmo.
―No, es porque me estás aplastando.
Se carcajeó. Su risa era varonil, fuerte y por alguna razón, melodiosa. Se quitó de encima, colocándose a mí lado. Lo miré mientras seguía riéndose. Fui consciente de lo extraño que era verlo reírse. Siempre andaba rondando con su gesto indiferente o la clásica sonrisa burlona o perversa. Pero esto era distinto. Lo hacía verse más humano, más joven.
Sus ojos se encontraron con los míos. Antes que pudiese apartar la mirada me plantó un beso sincero, pasional y lleno de significado.
―Por hoy no habrá segundo round, ya que fue tu primera vez ―Acarició mi mejilla―. Pero mañana será otra historia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...