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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 26

Su lengua allanó mi boca, jugueteando con ella, causando hormigueo a lo largo de mi cuerpo.

Mis pulmones suplicaban por oxígeno, el vello se me erizó y la piel me ardia como candela.

La rabia me inundaba las venas, el odio corroía mis huesos, y aún así, le estaba

correspondiendo el beso. No tendría mucha experiencia en los besos con lengua, pero hacía mi mayor esfuerzo por dominar ese territorio desconocido para mí.

Sus labios bajaron por mi cuello, chupando y lamiendo. Mi pecho subía y bajaba erráticamente, en busca de oxígeno. Él no parecía estar sin aliento pese al desespero en sus movimientos. Era como si besar mi piel fuese lo que necesitase para sobrevivir.

No estaba segura de que hacer con mis manos, dónde ponerlas. Pero quería experimentar. Siempre fui una curiosa reprimida. Y tenía la oportunidad frente a mis ojos.

Por fin podía sentir el cuerpo masculino con libertad, la textura, la forma, la calidez de su piel.

El único problema es que era Derek; el mismo hombre que se debatía entre odiarme con toda su alma o amarme con la misma. El mismo hombre que me humillaba, que me daba poder y me lo arrebataba cuando le venía en ganas, que me forzó a casarme con él.

Sin embargo, mi juicio estaba nublado con cada caricia que ejerció aquel hombre sobre mi cuerpo. Hace unos días me hubiese apartado, lo hubiese empujado.

Siempre tuve un autocontrol increíble y supe mantener mi libido bajo los parámetros que establecí para mí misma. Y aquí estaba, como una adolescente hormonal que no se podía resistir a Derek.

No sé en qué momento terminamos en la cama. Era consciente de cada uno de sus toques y a pesar de eso no lograba procesar lo ocurrido.

Me arrojó a la cama y se alejó, admirándome desde lejos. Las tiras del camisón se resbalaron desde mis hombros hasta mis brazos, dejando a la vista un escote sugerente. El cabello me caía como cascadas. El dobladillo del camisón se subió por encima de mis muslos. Junté mis rodillas para evitar darle un vistazo de mis bragas. Y también en un esfuerzo por calmar mi excitación.

Yo hice lo mismo, lo detallé minuciosamente. Me estremecí ante sus ojos hambrientos y salvajes, su mandíbula tensa y su respiración agitada. Bajé la mirada a su manzana de Adán, notando como tragaba saliva con dificultad. Seguí con su clavícula fuerte, sus pectorales trabajados, su abdomen marcado. Y mis ojos se perdieron en aquella línea en forma de V dónde terminaba su torso y comenzaban sus pantalones de algodón.

Exhalé bruscamente al fijarme en el bulto que sobresalía de sus pantalones. Su sonrisa fue felina.

Se montó en la cama a gatas y me separó las piernas. Pensé que se quedaría mirando fijamente aquella zona, en su lugar, se metió entre ellas y se aseguró de mantenerlas separadas con sus propios muslos.

Una de sus manos se cerró alrededor de mi cuello mientras la otra estaba enredada en mi mano izquierda. Guío mi mano por encima de nuestras cabezas. Nos fundimos en un beso profundo y brusco. Sentía que me hundía en la cama, el peso de Derek me aplastaba y no me importaba. Solo quería que nuestros cuerpos se unieran por completo. Su calor me quemaba.

Sus pectorales rozaban mis pezones ya endurecidos, causándome escalofríos. Podía sentir algo duro contra mi zona más sensible. Sabía lo que era.

Derek se mecía contra mí al tiempo que el nivel de nuestros besos aumentaban. No comprendía cómo aquella zona se encontraba tan caliente por el simple roce de su virilidad. Lo único que era consciente en ese momento es que todo lo que necesitaba era a él.

Dejó de besarme y se limitó a mirarme con una intensidad avasalladora.

―Quiero que te quede claro: te odio, pase lo que pase ―gruñó con dificultad.

―El sentimiento es mutuo ―gemí.

Nuestras palabras fue la gota que derramó el vaso. Acabó con el poco autocontrol que poseíamos. Ya no había marcha atrás.

Sus manos viajaron por mi cuerpo, arrebatándome la ropa con desespero. Mi ropa interior también terminó en el piso. Sentí vergüenza al estar expuesta, pero Derek no me dio tiempo para analizar aquel sentimiento.

Sus manos jugueteaban con mis tetas; manoseando, besando, chupando a su antojo. Era un manojo de gemidos, estremecimientos, placer. Mis pezones estaban endurecidos y mis pechos pesaban. No sabía si considerar su toque doloroso o placentero. Lo importante era que me estaba tocando como ningún hombre lo había hecho.

Me sobresalté cuando su mano se posicionó en mi zona intima, acariciándome el clítoris con delicadeza. Existía una gran diferencia entre el trato que recibía mis tetas y mi zona íntima.

―Derek, espera ―dije, impactada.

Sus dedos eran sutiles al principio, analizando el campo, recorriendo mi hendidura, comprobando mi humedad.

Se me olvidó como respirar, como actuar.

Era tan distinto tocarme a mí misma y ser tocada por alguien más. Y que ese hombre fuese Derek Fisher; la persona que rechacé hace diez años, la persona que juré odiar por ejercer y profesar todo aquello que iba contra la moral. Y la misma persona que juró vengarse de mí.

―No me puedes decir que no te gusta ―susurró y mordió la parte blanda de la oreja, causándome escalofríos―. Estás empapando mis dedos.

No quería decirle que se detuviera. Quería que continuara. Pero había una vocecita en mi cabeza que me advertía lo riesgoso que era compartir mi cuerpo con Derek Fisher.

Su mano abandonó mis tetas y en su lugar tomó de prisionero mi clítoris, rodeándolo con sus largos dedos. No me estaba apretando, solo me sujetaba.

Toda voz en mi cabeza fue callada cuando sus dedos me frotaron con confianza. Ni siquiera se molestó en ver aquella zona con la que jugueteaba, sus ojos estaban fijos en mi rostro; detallando mis expresiones. Mi mano se cerró sobre su muñeca, sintiendo como se tensaba y contraía el área dependiendo del movimiento.

―Derek, Derek ―Le enterré las uñas.

―Dime ―Pasó su lengua por el hueco de mi clavícula―. No dejas de gemir mi nombre sin cesar. ¿Tanto te gusta que un monstruo como yo te haga sentir placer?

Su voz estaba cargada de deseo y burla.

―Eres despreciable ―dije, perdida entre la excitación y la molestia.

Apartó su mano de mi zona más sensible, ganándose un gemido de frustración de mi parte. Soltó una risa ronca y llena de satisfacción.

Tomó una almohada y la puso debajo de mis glúteos, elevando mis caderas.

Sabía lo que significaba eso. Estaba listo para tener sexo. Lo había visto en un par de escenas subidas de tono.

Bajé la mirada. En algún momento se había deshecho de su pantalón. Observé su miembro orgullosamente erguido. Era largo y grande… muy grande. Las venas resaltaban a su alrededor. Derek tenía su mano alrededor de su imponente erección, subiendo y bajando.

Siempre que pensaba en perder mi virginidad, me imaginaba que sería alguien con un pene promedio o pequeño, ya que supuestamente eso es lo que abunda. No me esperaba que a mí me fuese a tocar una obra de arte descomunal.

¿Este era mi castigo por hacerlo sufrir tantos años?

Capítulo 26: Te odio 1

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