Entrar Via

Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 28

Ambos estábamos en nuestros respectivos lado de la cama, en silencio, despiertos.

Después de sexo mezclado con odio e inexperiencia, ¿qué sigue? Acababa de permitir que el hombre que proclamé odiar y que me obligó a convertirme en una mujer casada, tomara mi virginidad.

―¿Es igual con las otras chicas?

―¿A qué te refieres?

―¿Llega a ser doloroso?

Mi zona intima palpitaba y sufría estragos tras el vacío del miembro de Derek.

―Algunas sí, otras no. Depende de la mujer ―Su mano fue a mi vientre, acariciando el área.

Me esforcé por ignorar el hormigueo que me provocaba su toque.

―Lleva mucho trabajo estar con una mujer sin experiencia, ¿por qué lo prefieres? ¿No es mejor estar con una mujer experimentada con la que no debas limitarte?

Colocó el codo en la cama y afincó la cabeza sobre la mano, soportando el peso.

―Yo no diría que lo prefiero, solo me gané la mala fama porque estuve con las candidatas a esposa que me presentaban mis padres. Lo hacía porque sabía que eso haría enfadar a mis padres. Y como ya sabes, en los matrimonios por conveniencia es requisito que las mujeres se mantengan vírgenes ―Su mano subió a mi estómago―. Y con ellas no fue tan difícil como contigo. Obviamente soy suave con las chicas vírgenes para evitar lastimarlas, pero no hasta tal punto.

Parpadeó, incrédulo de haber admitido tratarme diferente. Carraspeó.

Fingí no haber escuchado lo último.

―Sin ofender, la alta sociedad parece no haber avanzado de la época renacentista. ¿También cuelgan a las mujeres con amantes durante el matrimonio?

Sonrió.

―Solo los lunes y viernes.

Se arrimó, acortando el espacio entre nosotros. Se notó que trató de disimularlo, pero ninguno de los dos éramos lo suficientemente íntimos para pasar desapercibido dicho acercamiento. Lo cual se escucha incongruente porque acabamos de tener sexo, pero así somos los humanos.

―Dices que no es un requisito para ti que una mujer sea virgen, pero estabas muy interesado en mi vida sexual.

Su gesto endureció.

―Eso es diferente, ellas son ellas y tú eres tú.

―¿Y eso que tiene de diferente? Yo también soy mujer.

―Mi mujer ―corrigió―. Y esa es la palabra clave.

Fruncí el ceño.

―Eso me parece tan hipócrita. Tú estuviste con cuántas mujeres quisiste y yo no podía estar con ningún hombre para que no te molestaras ―hablé con firmeza―. Si hubiese tenido la oportunidad, habría vivido mi vida sexual plenamente, experimentado. Las mujeres también tenemos deseos, sentimos lujuria.

Tragó grueso, su mandíbula se tensó.

―Es diferente ―dijo por enésima vez―. No puedo imaginarte en brazos de otro hombre sin que tenga ganas de asesinarlo.

―Eso es lo más estúpido que he escuchado. A saber en cuántas vaginas metiste tu aparato ―Me levanté de la cama sin preocuparme por mi desnudez―. Voy al baño a lavarme, espero que no me hayas contagiado nada ―dije con recelo.

Me encerré en el baño dando un portazo.

…..

A las nueve de la mañana me estaba vistiendo con un bonito conjunto de oficina que me había traído un empleado. Falda negra, camisa blanca manga larga. Un clásico.

―Recuerda que el horario es de la una a las cinco y media de la tarde ―dijo Derek, estaba detrás de mí mientras me arreglaba en el espejo.

Mi corazón golpeaba con fuerza. Me sentía como una recién egresada que va a su primer trabajo. Tal vez se deba al hombre en traje que me observaba complacido. Iba a trabajar para el hombre que odiaba y con el que me casé.

―¿Trabajaré menos de cinco horas diariamente? ―hablé con la sorpresa impregnada a mi voz.

Es menos de la mitad de horas que trabajaba con la bruja de Katy.

Al mirar mi reflejo pude observar la forma en la que arqueaba la ceja.

―No es diariamente, es de lunes a viernes ―habló con firmeza.

Volteé a verlo, impactada.

―¿De verdad? ¿Tan poquito?

Inclinó la cabeza.

―Por supuesto, nuestras oficinas de recursos humanos se turnan. Está el primer turno que trabaja de ocho y media de la mañana a la una de la tarde y luego está tu turno.

―¿Y tienen una oficina de recursos humanos en casa sucursal?

―En la mayoría. Es más fácil tener un pequeño grupo de recursos humanos en las sucursales, que tener un ejercito de recursos humanos en un solo edificio. Los empleados se sienten más cómodos cuando pueden resolver sus problemas directamente en lugar de esperar una notificación de la sede principal. ¿Sabes cuántos empleados tengo? ―dijo con orgullo―. Y por si te lo preguntas, me tomé la molestia de escuchar sus quejas y encargarme de crear el esquema de empleados por sucursal. Antes estaban todos los de recursos humanos en una misma oficina, así que los repartí por petición del público y ahora todos están felices.

Sonrió.

La incredulidad estaba escrita en mi rostro.

¿Así era trabajar para una empresa multinacional de primera categoría? Una empresa que puede permitirse el lujo de darles horarios permisivos a los empleados.

―Pensé que tenías a tus empleados encadenados a los escritorios y les dabas de comer pan viejo con agua de cloaca ―murmuré al pensar en todas las anécdotas que circulaban sobre el tirano que era con sus empleados.

¿Qué habrá hecho para ganarse ese apodo cuando tiene horarios tan atractivos para los empleados? Y no hablemos del salario, que casi me caigo de espalda cuando mencionó la cifra mensual.

Su sonrisa se extendió hasta que dejó a la vista la dentadura blanquecina.

―¿Eso es lo que dicen de mí?

Capítulo 28: Dilema. 1

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa