Entrar Via

Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 43

••Narra Derek••

Convencer a estos hombres que es buena idea adelantar el proyecto fue una tarea difícil, pero lo logré. Principalmente porque ellos buscaban demorarlo el mayor tiempo posible ya que estaban reacios a compartir banco con la gente de clase media.

En mi banco solo podían abrir cuentas aquellos que ganaban cierta cantidad de dinero anual. Decidí reducir la cifra drásticamente para hacerla accesible a un mayor público.

Se ganaba muy bien con los aportes de los ricos y poderosos, pero no puedo depender de esa gente y mucho menos convertirme en su títere en el futuro. Ellos no pueden ser mi principal fuente de ingreso en el banco.

Aunque ese no es el proyecto que tanto he estado guardando en secreto, pero es uno de los pasos a seguir para lograrlo, ya que mi proyecto va dividido en tres fases. El acceso al público es la primera.

―Da el golpe de gloria, Fisher. Falta tu ciervo ―habló el anciano, Cash.

Sonreí con hipocresía. El ciervo estaba a la vista, masticando con tranquilidad. No había detectado nuestra amenaza. Era un ciervo joven con unos ojos grandes.

No sentí nada al saber que sería su último día. Era alimento, proteínas. Lo cocinaríamos y lo comeríamos. Todo sería por una buena causa.

Respiré profundo mientras cuadraba mi vista, apuntando al objetivo. El arma era antigua. El olor de la pólvora inundaba mi nariz a pesar de aún no haber disparado.

Respiré profundo al tiempo que los hombres detrás de mí continuaban hablando. Fui presionando el gatillo lentamente.

El ciervo me miró a los ojos como si estuviese procesando la escena. Detuve mi índice. Las risas de mis compañeros de caza se intensificaron.

―¿Qué pasa, Fisher? ¿No puedes matarlo? ―Se rio, Cash.

No lo miré, no le respondí. Estaba concentrado en el ciervo que me miraba con confusión. El gatillo estaba a un milímetro de ser presionado en su totalidad.

Una cabellera color caramelo entró en mi campo de visión.

―¡Vamos, Derek! ―dijo uno, golpeando mi hombro. Presioné el gatillo accidentalmente.

El disparo me aturdió por un segundo. No había entendido lo que pasó. Bajé el arma.

―¿Qué demonios? ―expresó Cash.

Miré la escena frente a mí. El ciervo había huido, una figura femenina se encontraba en el piso, inmóvil; su cabello esparramado por todas partes, sus manos a los lados de su cabeza. A pesar que su rostro estaba contra el piso y se me hacía imposible verla, reconocería fácilmente a Erika en cualquier lado.

Solté el arma. Mis pies se movieron por si solos, con el miedo adueñándose de mí. ¡Le había disparado a Erika! ¡Le había disparado a Erika!

―¡No, por favor! ¡No! ―supliqué para mí mismo.

Llegué hasta donde estaba, arrodillándome en el suelo. No se movía. Tenía ganas de vomitar.

La había lastimado. La había herido. ¿Estaba viva? Ella no podía morir. Si ella se muere, yo me mato.

La cogí entre mis brazos. Noté que sus manos estaban cubriendo sus oídos y sus ojos estaban cerrados con fuerza.

La arrullé en el suelo mientras el alivio recorría mi columna vertebral. Estaba viva. Pero aún me preocupaba que estuviese herida, que le hubiese dado.

―¿Estás bien? ―pregunté con prisa, mas no respondió―. ¡Respóndeme!

Poco a poco fue separando sus manos de las orejas, viéndome con expresión confusa.

No tenía tiempo para escucharla hablar, podría estar en shock. Pasé mi mano por su cuerpo, sin embargo, no sentí nada, su abrigo era muy grueso.

En la posición que estábamos, como pude, se lo quité, dejándola con el suéter y la bufanda. Metí mi mano bajo su blusa, sintiendo su piel caliente. Erika se limitaba a verme con horror, como si estuviese en shock.

No había rastro de sangre en la parte superior de su cuerpo.

―¡Erika, respóndeme! ¿Estás herida? ―Pese a no notar heridas externas en su cuerpo, necesitaba escucharlo de su propia boca.

―Casi me matas ―exhaló en voz baja.

Su confesión me heló la sangre. Sus ojos estaban desenfocados, me estaba viendo pero yo sentía que no era así.

Palmé sus muslos, sin embargo, no sentí nada extraño. El corazón me dolía de lo fuerte y rápido que estaba latiendo. Me aterraba imaginármela sangrando, tirada en el piso, con los ojos cerrados, sin respirar.

―Estoy bien ―dijo en un hilo de voz.

Le devolví la mirada. En su rostro no percibía molestia, horror, miedo, solo una impresión devastadora.

Capítulo 43: Horror. 1

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa