••Narra Erika••
―¿No vas a gritarme? ―hablé en voz baja.
Se limitó a observarme con gesto acusador. No dijo ni una palabra, sin embargo, sus ojos delataban sus pensamientos: “mujer estúpida”.
Me dio la espalda y se quitó la camisa, exponiendo los músculos bien formados de su espada.
―No me arrepiento de lo que hice, lo volvería hacer ―hablé en voz alta, pero la convicción se rompió a mitad de la oración.
Los oídos aún me dolían. En mi mente sigue presente el zumbido de la escopeta. Juro que sentí la bala pasar al costado de mi cabeza.
Derek volteó, dedicándome una expresión de molestia.
―¡Eres una mujer irracional! ¿Cómo se te ocurre meterte en el medio de un cazador y su presa? Y aún peor, ¿cómo se te ocurre decirme a la cara que lo volverías hacer? ―Como una dinamita, estalló. Buscaba una reacción de su parte, mas estoy sorprendida con el resultado―. ¿Ibas a dejar que yo te asesinara como un animal? ¿Permitirías que me convirtiera en un asesino? ¿Quieres morir? ¿Prefieres morir que vivir a mí lado? ¿Quieres dejarme solo? ¿No te importa abandonarme de esa forma?
Me quedé sin palabras. Se puso rojo de la rabia. Su pecho subía y bajaba erráticamente. Sus ojos eran transparentes, podía leerlo fácilmente; miedo, dolor, ira.
Sin darse cuenta, era como un libro abierto y sé que dejó ver esa fase de él accidentalmente.
―Mejor olvídalo. Sí tanto quieres ir a morir al bosque adelante, hazlo. No pienso detenerte ―El miedo perdió contra la furia―. No te lloraré eternamente, en algún punto retomaré mi vida y seguiré adelante.
Él habrá creído que sus palabras sonaban crueles e insensibles, pero a mí me parecieron todo lo contrario. Estaba admitiendo abiertamente que era especial, que ocupaba un lugar en su corazón lo suficientemente importante como para llorar por mí, que dejaría una huella tan grande que tendría que detener su vida hasta que logre recuperarse de mi muerte.
Si me odiara tanto como dice, si me despreciara con todo su corazón, si no estaba dispuesto a perdonar mi traición y me consideraba más que una vil ladrona y oportunista, ¿Por qué lloraría por mí?
Dice que su objetivo es vengarse y hacerme sufrir pero, ¿quién lloraría por alguien cuyo único propósito es la venganza?
Me mordí los labios, con la esperanza creciendo en mi pecho. Era innegable que me alegraba saber que aún sentía afecto por mí, mas no entendía por qué. ¿Por qué algo así me emocionaba?
Quería engañarme a mí misma y decir que la emoción se debía a que posiblemente fuese menos cruel conmigo en el futuro, pero yo sabía que no se debía a eso. Era algo más. Algo que no estaba dispuesta admitir.
Tragué saliva, dispuesta a todo o nada. Él se mantuvo distante con signos de amargura y fastidio. Una vez que estuvo en bóxer, se acostó en la cama a mi lado.
Tomé la iniciativa y me quité la camisa, seguida del pantalón. Sería la segunda vez que intentaría seducirlo. Las probabilidades de fracasar eran altas, pero mis motivos para insistir me superaban.
Quité la sabana que lo cubría, sentándome a horcajadas sobre su regazo. Su piel estaba cálida. No reaccionó a mi acción, se mantuvo quieto. Es más, se podría decir que me ignoró, como si no estuviese montándolo.
Quiso hacerse el indiferente, sus ojos viéndome con desdén. Pero yo sabía que se estaba resistiendo. La forma en que su cuerpo se volvió rígido y sus brazos se convirtieron en dos bloques de cemento; lo delataban.
Con descaro, pasé la mano a lo largo de su pecho y abdomen, sintiendo su musculatura, sus fuertes latidos, su respiración acelerada.
Sonreí con suficiencia, con el pecho inflado por lo que le provocaba. Frunció el ceño al darse cuenta de mi sonrisa mezquina.
Tomó mi muñeca con fuerza, apartándola de su cuerpo.
―Deja de imaginarte cosas, que no me vas a ganar tan fácilmente ―Me miró de frente.
Me acerqué a su rostro, ignorando la fuerza con la que tomaba mi muñeca.
―No estoy buscando ganarte, solo redimirme ―hablé con lentitud. Nuestros ojos se encontraron, batallando entre ellos.
―¿Con sexo? Que vulgar eres ―dijo con toda la intención de ofender, pero no me iba a permitir derribar de esa manera.
―Que raro. Por lo que siento no parece disgustarte la idea ―hablé, presionándome contra su evidente erección.
Un gemido involuntario abandonó mis labios.
No podía negarlo ni hacerme la tonta. Por más que mi objetivo principal fuese ablandarlo a través del contacto físico, mis hormonas andaban desatadas imaginándome las distintas posiciones en las que este hombre podría ponerme.
Hace varios días no soportaba la idea de tenerlo cerca, y ahora no podía evitar mojarme con solo pensar en tener sexo con él.
Creo que a fin de cuentas, soy yo la que está perdiendo esta batalla.
Sin pudor, empecé a restregarme contra su erección. Su mano libre fue instintivamente a mi cintura, presionándola, pero no con la suficiente fuerza para detenerme.
No lo había detallado la primera vez que estuvimos juntos, pero es grueso y grande…
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...