Me puse la lencería de encaje que mejor traje, rojo pasión. La cual no recuerdo haber metido en la maleta, pero algo me dice que Carla tuvo que ver con eso.
Las manos me temblaban, las piernas me temblaban, el estómago me dolía. Todo gritaba: nervios.
Estaba nerviosa porque yo daría el primer paso. Estaba nerviosa porque Derek me vería medio desnuda. Estaba nerviosa porque, si las cosas salían bien, lo volvería a sentir dentro de mí, abriéndome, llenándome.
Me palmee los cachetes como si esa fuera la solución para hacerme entrar en razón, para que mis mejillas dejarán de arder.
―No tenía que sentirme avergonzada, él ya me había visto desnuda, ya hemos hecho… pues, eso ―Me dije a mí misma una y otra vez.
La hora de la cena se acercaba y los cazadores no volvían. No me atreví asomarme por la ventana, no estaba tan loca como para que me vean en sostén y bragas.
Esperaba que Derek decidiera subir a la habitación en lugar de ir al comedor a cenar. Me acomodé en medio de la cama, luciendo una pose seductora entre las almohadas.
La puerta se abrió ya que no le había puesto el seguro a propósito. Derek entró, dejando su arma tirada junto a la puerta, en la parte de adentro. Sus ojos no se habían encontrado conmigo.
El corazón me palpitaba como desgraciado. Fui consciente de cada parte expuesta de mi piel, de los defectos de mi cuerpo.
La puerta seguía abierta. Al voltearse para cerrarla, se encontró con mi figura tendida en la cama.
Mi respiración se detuvo, la de él también. Lo noté por como cada fibra de su cuerpo se tensó. Me fijé que la puerta quedó entreabierta, mas no me atreví a romper la atmósfera.
―¿Qué haces vestida así? ―Sus ojos bajaron sin disimulo por mi cuerpo, deteniéndose justo en los escasos lugares que la tela cubre.
―Es para ti ―respondí con vergüenza.
Noté como tragó saliva. Mis palabras crearon el efecto deseado. Rodeó la cama, evaluándome.
Sin expresión alguna, estiró su brazo, cerrando sus dedos alrededor de mi tobillo.
No era consciente que no estaba respirando hasta que solté una gran bocanada de aire. El corazón se me detuvo.
Me relamí los labios.
Estaba funcionando. Estaba derritiendo su corazón, traspasado su barrera, su odio.
Tiró de mi tobillo, arrastrándome al borde de la cama. Solté un grito de sorpresa ante su abrupto arrebatado.
―No ocupes toda la cama ―dijo con frialdad.
Se sentó a mi lado, desatando las trenzas de los zapatos. Me ignoró totalmente. Quedé desconcertada.
Estaba ahí, con lencería y dispuesta a lo que él quisiera.
Presioné mis labios, tragándome los gritos de frustración. Este hombre no me lo estaba dejando fácil.
Me arrimé a su lado, no iba a rendirme tan fácilmente.
―¿Cómo te sientes? ―Coloqué mi mano en su rodilla. La mejillas me ardían a más no poder.
Definitivamente no sabía como seducir. Las palabras sonaban patéticas al salir de mi boca. Carecía de ese toque coqueto que caracterizaba a las mujeres.
―No estoy de humor para tus trucos baratos ―habló, cortante.
―No sé de que me hablas.
Me dirigió una sonrisa siniestra, atrapando mis mejillas con una de sus manos.
―¿Piensas que puedes volverme un hombre débil? No te equivoques, no permitiré que te conviertas en mi debilidad y me parece una falta de respeto que pienses así. Necesitas mucho más para tentarme.
Si no me estuviese sujetando el rostro, tendría la boca abierta. El pecho me ardía de la vergüenza. Me solté bruscamente, levantándome de la cama.
Sentía una necesidad inmensa de vestirme, taparme. Este hombre me rechazó estando medio desnuda y dispuesta.
―¡Eres un infeliz! ―No encontraba que decirle, como lastimarlo―. Si tanto me odias, déjame ir en lugar de atarme.
Negó con suficiencia.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...