Entrar Via

Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 49

Apestaba. Siempre he sido amiga del alcohol, me ha acompañado en mis momentos más débiles, vulnerables, me ha ayudado a doparme cuando no puedo más con mis pensamientos negativos y su efecto me ha vuelto más animada cuando la tristeza prospera. Pero en estos momentos, odiaba el alcohol. Lo odiaba con mi alma.

―Puedes volver a besarme la mano ―habló con superioridad.

Lo miré con odio, sin importarme que las lágrimas de impotencia bañaran mis ojos.

―¿No vas hacerlo? ―continuó.

Apreté los labios, tensando la mandíbula. La rabia me carcomía por dentro.

―Déjanos solo ―Le ordenó al hombre, sin mirarlo a los ojos.

Estaba muy ocupado viéndome a mí, desafiándome con la mirada.

―Señor, ¿está seguro?

Sus ojos se clavaron en él.

―¿Crees que no me puedo hacer cargo de una cría? ―respondió con desdén.

―No quise decir eso, señor ―habló el hombre con prisa―. Me retiro.

Conmigo actuaba como un monstruo, pero ante las órdenes de Martín no era más que un niño.

―Ahora sí, estamos solos tú y yo, no tienes que actuar como si tuvieses dignidad. Puedes rendirte ante mí ―contestó como si de un rey se tratara.

―Haga lo que haga, no me devolverás el anillo, ¿verdad?

Sonrió, no era necesario que dijera nada. Yo sabía la respuesta.

―Entonces no besaré tu mano, ni haré nada más. Ya que no me serviría de nada. Ya tienes tu pago ―hablé sin titubear, a pesar de desagradarme la idea de dejarles el anillo.

―Quién sabe, tal vez haya un modo de hacerme cambiar de parecer. Y si lo cumples, te devolvería el anillo ―Sus palabras ocultaban algo, como un siseo peligroso que clamaba maldad.

―¿Qué quieres? ―pregunté con la voz entrecortada.

Quería recuperar el anillo, pero tenía miedo de la petición.

―Quiero tener sexo contigo. No una vez, ni dos. Varias. Te quiero como mi amante ―Sus ojos barrieron mi cuerpo―. A cambio, no solo te devolveré el anillo, si no que podrás ir pagando tu deuda con cada encuentro que tengamos.

Negué rápidamente con la cabeza. Con tan solo imaginarme el cuerpo de ese hombre sobre mí, tocándome como lo hacía Derek, besándome como él, hundiéndose en mí; me provocaba arcadas.

―No haré eso ―Me levanté con prisa del suelo, provocando que me mareara.

―No seas tonta ―gruñó, agarrándome de la muñeca.

Tiró de mí. Caí en sus piernas.

―¡Suéltame! ―Forcejee.

El señor Martín no era un viejo, era un señor que estaba en sus cuarenta pero parecía tener la agilidad de un hombre de tercera edad. Siempre pasivo, siempre sentado, siempre ordenando a otros a someterme y torturarme. O eso pensaba. En estos momentos parecía poseer la fuerza de un veinteañero.

Por instinto, lo abofetee con mi mano dominante, lastimosamente, es la misma del dedo fracturado.

―¡Maldita sea! ―chillé, apretando los dientes y cerrando los ojos. El dolor era intenso.

Él solo se rio.

―Me toca ―dijo.

Aún estaba asimilando el dolor cuando me propinó una bofetada que me tiró del sillón, caí al suelo, mi espalda y mi cabeza recibieron el mayor impacto.

―Así es más interesante, ¿sabes? ―continuó.

Capítulo 49: Bajo las garras del enemigo. 1

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa