Apestaba. Siempre he sido amiga del alcohol, me ha acompañado en mis momentos más débiles, vulnerables, me ha ayudado a doparme cuando no puedo más con mis pensamientos negativos y su efecto me ha vuelto más animada cuando la tristeza prospera. Pero en estos momentos, odiaba el alcohol. Lo odiaba con mi alma.
―Puedes volver a besarme la mano ―habló con superioridad.
Lo miré con odio, sin importarme que las lágrimas de impotencia bañaran mis ojos.
―¿No vas hacerlo? ―continuó.
Apreté los labios, tensando la mandíbula. La rabia me carcomía por dentro.
―Déjanos solo ―Le ordenó al hombre, sin mirarlo a los ojos.
Estaba muy ocupado viéndome a mí, desafiándome con la mirada.
―Señor, ¿está seguro?
Sus ojos se clavaron en él.
―¿Crees que no me puedo hacer cargo de una cría? ―respondió con desdén.
―No quise decir eso, señor ―habló el hombre con prisa―. Me retiro.
Conmigo actuaba como un monstruo, pero ante las órdenes de Martín no era más que un niño.
―Ahora sí, estamos solos tú y yo, no tienes que actuar como si tuvieses dignidad. Puedes rendirte ante mí ―contestó como si de un rey se tratara.
―Haga lo que haga, no me devolverás el anillo, ¿verdad?
Sonrió, no era necesario que dijera nada. Yo sabía la respuesta.
―Entonces no besaré tu mano, ni haré nada más. Ya que no me serviría de nada. Ya tienes tu pago ―hablé sin titubear, a pesar de desagradarme la idea de dejarles el anillo.
―Quién sabe, tal vez haya un modo de hacerme cambiar de parecer. Y si lo cumples, te devolvería el anillo ―Sus palabras ocultaban algo, como un siseo peligroso que clamaba maldad.
―¿Qué quieres? ―pregunté con la voz entrecortada.
Quería recuperar el anillo, pero tenía miedo de la petición.
―Quiero tener sexo contigo. No una vez, ni dos. Varias. Te quiero como mi amante ―Sus ojos barrieron mi cuerpo―. A cambio, no solo te devolveré el anillo, si no que podrás ir pagando tu deuda con cada encuentro que tengamos.
Negué rápidamente con la cabeza. Con tan solo imaginarme el cuerpo de ese hombre sobre mí, tocándome como lo hacía Derek, besándome como él, hundiéndose en mí; me provocaba arcadas.
―No haré eso ―Me levanté con prisa del suelo, provocando que me mareara.
―No seas tonta ―gruñó, agarrándome de la muñeca.
Tiró de mí. Caí en sus piernas.
―¡Suéltame! ―Forcejee.
El señor Martín no era un viejo, era un señor que estaba en sus cuarenta pero parecía tener la agilidad de un hombre de tercera edad. Siempre pasivo, siempre sentado, siempre ordenando a otros a someterme y torturarme. O eso pensaba. En estos momentos parecía poseer la fuerza de un veinteañero.
Por instinto, lo abofetee con mi mano dominante, lastimosamente, es la misma del dedo fracturado.
―¡Maldita sea! ―chillé, apretando los dientes y cerrando los ojos. El dolor era intenso.
Él solo se rio.
―Me toca ―dijo.
Aún estaba asimilando el dolor cuando me propinó una bofetada que me tiró del sillón, caí al suelo, mi espalda y mi cabeza recibieron el mayor impacto.
―Así es más interesante, ¿sabes? ―continuó.
Se lo volví a pegar en la cabeza, más fuerte. Y lo hice de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. El vaso terminó por partirse en mi palma.
No sentí dolor a pesar que usé mi mano lastimada. No siquiera reaccioné a la sangre que brotaba de mi palma. La adrenalina bañaba mi torrente sanguíneo.
No me inmuté ante el hombre que yacía en el piso con una gran mancha de sangre chorreando de su frente y su cabeza.
Me levanté con torpeza. Los colores los veía más vivos, la habitación estaba más iluminada. ¿O era la adrenalina haciendo efecto?
Necesitaba salir de aquí antes que se dieran cuenta de lo que hice. Exploré la habitación, notando las ventanas en la parte superior de la pared. Demasiado alto para mí.
Me monté en la cama, saltando con todas mis fuerza mas no llegaba. Mis dedos rozaban.
Tenía la garganta seca.
Tomé la pequeña mesa de noche y la monté sobre la cama. Al subirme, me tambaleaba, pero fue suficiente para abrirla. Subirme fue una tarea difícil. No sentía dolor, sin embargo, podía escuchar mi hueso ya roto moverse, el sonido era desagradable.
Logré montar la parte superior de mi cuerpo. Mi estómago descansaba en el marco de la ventana. Podía ver el exterior, era la primera vez. Siempre que era traída aquí estaba vendada o desmayada.
Las calles eran como cualquier parte de la ciudad, gracias a Dios, no era una zona desierta. El problema era la distancia del suelo, estaba en un segundo piso. Para mí buena y escasa suerte, había una escalera de emergencia que conseguí alcanzar.
Bajé y corrí en silencio por las calles, reconociendo el lugar donde estaba atrapada como un motel de mala muerte.
No tomé el riesgo de gritar ya que aún me encontraba muy cerca y los hombres de Martin me podrían encontrar.
Con cada paso que daba mis piernas perdían intensidad, mis pulmones ardían, las calles me daban vueltas y un frío recorría mi brazo. Estaba perdiendo adrenalina.
Necesitaba llegar a la mansión, necesitaba hablar con Derek. ¿Qué hora es? ¿Ya pasó las nueve? Derek me demandará.
Pude ver la hora en uno de los edificios que exhibía un reloj gigante. Diez y cuarenta.
Derek me mataría. Me convertiría en su esclava. Ya no tenía oportunidad en esta vida. Estaba acabada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...