―¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la iglesia? Tu imaginación no es normal ―dije, impresionada.
―¿Cuándo fue la última vez que tú fuiste a la iglesia? ―Contratacó.
―No contestes una pregunta con otra. Además, mis pensamientos no son tan demoníacos como los tuyos. Hablas como un desquiciado.
―Es mi forma de expresar mi furia ―habló con humor antes de volver a su habitual gesto gélido―. Tengo algo que resolver, quédate en la habitación.
Me besó antes de salir.
“Quédate en la habitación”
Esas palabras rondaron por mi mente.
¿Por qué me dijo eso antes de irse?
En estos veinte días de recuperación, no me ha dicho ni una vez que me quedé en la habitación. Eso significa, que algo está ocurriendo y no quiere que me entere.
¿Y él en verdad creía que le haría caso?
Sí me encuentro en este punto de mi vida porque jamás le hice caso.
Con mi pijama y el cabestrillo bien puesto, salí de la habitación. Me encontré a Carla en el camino.
―Señora, ¿qué está haciendo aquí? Debe volver a la habitación ―Se veía preocupada y eso solo aumentaba mi curiosidad.
Le hice señas de silencio mientras la arrastraba en mi dirección.
―¿Dónde está Derek? ―susurré.
Sonrió.
―Está ocupado, traviesa. No lo sigas ―advirtió con un gesto cálido.
―Eso significa que está en la sala…. En el despacho… en la cocina… En la sala de juego… ―pregunté, juguetona, moviendo las cejas.
―Señora Erika ―suplicó con ternura.
―Echaré un vistazo y vuelvo ―dije sin saber por cuál lugar comenzar.
Me asomé por la ventana del segundo piso. Y ahí estaban; mis padres, siendo echados a empujones por los guardias de la mansión. Derek iba unos pasos atrás, caminando con seguridad, sus manos dentro de los bolsillos.
No podía verle la cara porque estaba de espalda.
¿Qué estaban haciendo mis padres acá? ¿Por qué los estaba echando?
Los guardias se apartaron cuando mi madre los empujó y sacó un cuchillo de mantequilla debajo de su manga, amenazándolos.
Se miraron entre ellos y se rieron.
Siendo ellos no me lo tomaría en broma, esa mujer puede cortarle la yugular a alguien con una hoja de papel.
Carla me sorprendió por completo. Nunca había visto a una mujer de tercera edad correr tan rápido con un balde de agua en manos.
Se lo arrojó a mi madre desde una distancia decente, bañándola de pies a cabeza.
Una carcajada resonante brotó de mi garganta. Me tapé la boca con la mano para evitar que me escucharán.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...