¿Qué es lo que estaba viendo? ¿Estoy en el paraíso? ¿Por qué Carla no quería que viera esto? ¿Pensó que me entristecería? Se equivocaba, este se convirtió en el mejor recuerdo que tengo de mis queridos padres.
Los terminaron de echar y les cerraron el portón en la cara. En ningún momento se dieron cuenta que la hija que tanto despreciaron y usaron como chivo expiatorio, presenció tal humillación.
Bajé las escaleras corriendo, la emoción me brincaba en el pecho. Salí de un tiro por la puerta principal, alcanzando a Derek y Carla, que estaban regresando.
Aceleré el paso, plantándome frente a ellos.
El hombre de ojos grises frunció el ceño al instante. No me importó su molestia, estaba feliz por lo ocurrido.
Abracé a los dos cómo pude con mi mano sana, metiendo mi rostro entre ambos.
―¿Qué haces aquí abajo? Te dije que te quedarás en la habitación. ¿Y por qué corres? Pasaste por una cirugía ―gruñó, y aún así, no me apartó.
―No me importa lo que digas, no puedes dañar este momento ―Estaba en el éxtasis definitivo―. Muchas gracias a ambos.
―De nada, señora. Pero mejor pasemos a la casa, quien sabe si se les ocurre volver y arrojar piedras por encima del portón ―dijo Carla con humor, dándome palmaditas.
―¿Y por qué los echaron? ―pregunté mientras volvíamos al interior de la mansión.
―Vinieron a echar pestes de ti y a pedir una compensación por el dinero que les robaste en el pasado ―respondió con honestidad.
Me detuve en seco.
―¡Yo no les robé nada!
―Ya lo sé ―contestó con cansancio―. Sé que no serías capaz de hacer eso. Aunque algo me dice que si merecen ser robados.
―¿En verdad crees en mí?
Aún estaba impresionada por el giro de los acontecimientos. ¿Cómo llegué al punto que este hombre creyera en mi palabra tan fácilmente cuando antes necesitaba del cielo y la tierra para ponerlo de mi lado?
Un sentimiento acogedor y gratificante se alojó en mi pecho.
―Sí, creo en tu palabra.
―¿Y cuánto te estaban pidiendo?
―Me alegra que los hayas echado, sin embargo, no olvido que los trajiste para lastimarme. Y recuerdo haberte dicho que te arrepentirías de traerlos a la mansión.
Alzó una ceja.
―¿Qué estás intentando decirme?
―¿Recuerdas esos huevos raros de porcelana de azul y oro que tienes en la repisa?
―Sí, es un regalo de la reina de España. ¿Por qué? ¿Celosa? Sí los quieres, puedes tomarlo sin problema.
―No ―Acentué la palabra con humor―. Ya no están.
Su cabeza giró en dirección a la repisa de la sala, llena de adornos, con un vacío nuevo, el de aquellos pequeños y valiosos huevos.
―¡Maldita sea!
Sí había algo de lo que estaba segura, es que mis padres no se iban a salir con la suya, le robaron al hombre equivocado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...