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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 74

―Esos malditos hijos de puta.

Era la onceava grosería seguida de Derek. Me cansé de seguirlo con la mirada, dando vueltas en la habitación con el teléfono en mano.

Se me olvidaba las actitudes que adquiría a la hora de los robo. Y era un recuerdo escalofriante; lo que hizo conmigo, lo que hizo con su empleado. Pero mis padres se merecían el trato que estaba segura que Derek les daría una vez que los encontrara.

Lo que estaba ocurriendo con mis padres, no desencadenará ningún sentimiento antiguo por la vez que le robé, ¿verdad? No estaba segura que tanto me había perdonado aquel hombre. En la bañera podrá haber dicho mucho, sin embargo, sus sentimientos eran volubles.

Permanecía con ese miedo que sus sentimientos cambiarán, que su odio por mí se volviera más fuerte que su afecto. Podría volver a humillarme frente a sus empleados, a ponerme sobre su regazo y pegarme. A veces tenía esos pensamientos, inclusive, hace unos días, tuve una pesadilla sobre eso, pero no fui capaz de contárselo.

Era la primera pesadilla que tenía con Derek, todas las demás veces, el protagonista de mis miedos nocturnos, era el señor Martín.

Se sentó a mi lado con un movimiento brusco, me sobresalté, saliendo de aquellos pensamientos.

Derek lo notó, pero no dijo nada. Se limitó a fruncir el ceño.

Tomé un vaso de agua que había sobre la mesa y noté lo temblorosa que estaba mi mano, y por más que me decía a mí misma que tenía que detenerme, mi cuerpo no me hacía caso.

―¿Estás bien? ―preguntó tras un forzoso carraspeo.

―Sí, sí. ¿Conseguiste algún indicio? ―Necesitaba cambiar el rumbo de la conversación antes que intentara volverlo sobre nuestros problemas del pasado.

―Por supuesto. Tus padres son unos imbéciles. Descubrir donde viven fue pan comido. Ahora voy a ir a buscarlos antes que se lo vendan algún estafador que les pague quinientos dólares por un adorno que vale millones ―habló con firmeza.

―Sí.

………

La casa de mis progenitores estaba a una hora de distancia. Las calles, que antes se me eran conocidas, se volvieron un recuerdo borroso. Ya han pasado más de diez años desde que estuve por este vecindario y por lo que veía, no se habían molestado en arreglarlo.

No quería encontrarme a ninguno de nuestros anteriores vecinos, aunque a veces me preguntaba si me reconocerían, si serían capaces de acusarme de algo, de maldecir mi nombre en las calles si llegaban a verme, si seguirían molestos conmigo por las mentiras que contaban mis padres.

Y pensar que estuvimos viviendo en la misma ciudad, pero nunca nos cruzamos. Tal vez se deba al hecho, de que ellos jamás se molestaron en buscarme y yo me tomé muchas molestias en evadir su entorno.

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