―Este lugar es una bazofia, ¿qué hacen los ladrones de tus padres con el dinero que roban?
―Dije que robaban, no que supieran administrarlo.
―Da igual. Este lugar no es apto para humanos ―Supongo que era el lugar más horrible que había visitado, porque se le iban a salir los ojos de la impresión. Me alegra saber que mi anterior apartamento es considerado un mejor lugar que este―. Parece un criadero de inadaptados.
Le arrojé una mirada feroz. ¿Me llamó inadaptada?
―Pero tú eres la excepción, por supuesto ―añadió con rapidez, dándome una ligera nalgada.
―Vamos. Acabemos con esto de una vez y trata de controlarte.
¿Por qué le dije eso? ¿Por qué le dije que se controlara cuando los quiero ver pagar?
―Si querías que me controlara, no debiste venir. No pienso tener consideración con ellos ―Se bajó del vehículo, dando un portazo.
Lo seguí, unos pasos más atrás, viendo el suelo agrietado. Grietas que no estaban acá hace unos años, un pequeño recordatorio de que el tiempo había pasado, ya no era el mismo lugar donde viví como una criminal joven y rebelde.
―Sé que estás molesto porque te robaron. Sin embargo, no te dejes llevar, te puedes meter en problemas.
―El robo está en la parte inferior de mi lista.
―Deja de dramatizar…
Se detuvo, provocando que me golpeara contra su espalda. Se volteó con prisa.
―No estoy dramatizando, esos imbéciles merecen pagar en vida lo que hicieron estos últimos veintinueve años ―Tomó mi brazo bueno, apretándolo con firmeza.
―Bueno, en medio año más, hubieran cumplido el aniversario de los treinta años robando ―Intenté aligerar las cosas con humor.
Me miró como si estuviese loca.
No cambiaron nada, ni siquiera el escondite de la llave.
―Tus padres, los ladrones profesionales, ¿ocultan la llave de su casa en una maceta frente a la puerta?
Me encogí de hombros, no iba a poner una mano al fuego para alegar por una inteligencia que sabía que no poseían.
―No los voy a defender. Son estúpidos.
Abrí la puerta. El olor a ocre y madera mojada invadió mi nariz. Al dar el primer paso, la tabla bajo mis pies rugió. Me permití entrar con timidez, observando los alrededores mientras Derek me seguía los pasos.
Era difícil caminar por el lugar, el piso estaba lleno de artefactos, que no tenían relación unos con otros. Ellos siempre fueron unos acumuladores compulsivos de productos robados, Pero la casa jamás llegó a estar en este nivel de desorden. Tenía que caminar de puntillas para no dañar los objetos.
Y entonces, lo escuché; un chillido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...