El corazón casi se me salió del pecho, pegué un brinco digno de un cobarde. Abracé el brazo de Derek con mi extremidad buena. Busqué por todas partes el causante de aquel escalofriante chillido. Y entonces lo vi, un patito de hule con un esmoquin.
Había demasiados cosas regadas por doquier. ¿Estás personas en verdad robaron un patito de hule con esmoquin? ¿Razón? Seguro que no tienen.
Derek lo pisó a propósito y el muñeco de baño emitió el mismo ruido.
Me acababa de asustar por el sonido de un pato de hule. ¡Que vergüenza!
―Tranquila, mi amor, te protegeré de cualquier patito de hule que se atreva asustarte ―Y lo pisó tan fuerte que lo reventó.
Lo decía jugando, pero sus acciones parecían las de un mafioso.
―Tú no eres normal.
―¿Seguimos? ―preguntó, manteniendo su brazo como apoyo para mí.
―Sí.
Continué caminando con extremo cuidado entre los objetos desparramados en el suelo. ¿Cuáles eran las posibilidades de encontrar una mina escondida?
A los minutos, escuché los gruñidos de Derek a mis espaldas.
―¿Por qué carajos estamos caminando como imbéciles? Ya han pasado diez minutos y seguimos en la sala.
Caminó, dando grandes pasos sin importarle nada. Los objetos crujían bajo sus pies y otros salían disparados por la fuerza que ejercía en sus patadas.
Lo hacía a propósito. Y sonreía en el proceso.
―Oye, ¿eso es lo que creo que es? ―Me preguntó con una sonrisa maligna.
Seguí su mirada al objeto que se encontraba perfectamente puesto en el suelo, sobre una pequeña pila de libros.
―Un balón de futbol americano de cristal.
Me preguntaba a quien le robaron esa cosa.
―¡Lárguense de nuestra casa ahora mismo! ¡Ninguno es bienvenido! ―Avanzó mi padre, mirándonos desafiante.
―Hasta les dio tiempo de secarse, sospechoso, ¿verdad? ―prosiguió mi esposo, ignorando a esos dos seres.
Actuaba tan calmado, feliz. Era como un Golden retriever en su elemento, atrapando gente para sus juegos perversos.
―¡Fuera o llamo a la policía! ―advirtió mi padre.
Pude notar el momento exacto en que el rostro de Derek se torció, como si un corto circuito dañara su cerebro. Las palabras fueron como gasolina para su enfado.
―Ladrones llamando a la policía. El mundo está de cabeza ―Gruñó fervientemente, acercándose a mi padre.
Le sonrió, siniestro y calculador. Mi padre no se atemorizó, le mantuvo la mirada. Los minutos pasaron y el ambiente iba enfriándose.
Solté un jadeo cuando Derek tomó del cuello a mi progenitor, sin previo aviso.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...