Las tres levantaron las cabezas, intrigadas.
―¿Alguna sabe cómo entrar en la habitación privada de Derek? La que usa para los negocios.
Chika levantó la mano al instante.
―Por la puerta.
Incliné la cabeza. Primero pensé que era sarcasmo, pero estaba hablando muy enserio.
―Que no sea la puerta. Debe ser como un pasadizo secreto donde pueda escabullirme. Estoy segura que Derek puso un gorila en la puerta que no me dejará dar un paso dentro de la habitación ni aunque tuviese llave. Debo aparecerle por sorpresa.
―Hay uno…
Musa le dio un codazo a Chika para que se callara.
―Continúa ―exigí.
Chika dudó al ver la mirada de sus compañeras.
―¿Por qué no dicen nada?
Alika fue la que habló.
―Temo que al decirlo, trate de usarlo. No es lugar al que debería ir en esa condición ―Señaló mi yeso.
―Soy perfectamente capaz de hacer lo que sea. Me van a quitar los puntos esta semana. Y el yeso lo único que está haciendo es reforzar el hueso para que se acostumbre a estar en su lugar. Ya pasé la parte de unificación.
Por más que Derek dramatice constantemente mi condición al punto que casi no me deja respirar.
―Pero nosotras no podríamos llevarla. No tenemos autorización para salir de la cocina ―dijo Alika, seguido de una expresión de iluminación―. Tengo una idea. ¡Llamen a Carlos!
Cinco minutos después, Carlos estaba en la cocina, sonriéndome.
―Yo iré adelante, usted sígame. Y con cuidado, por favor. Trate de no hacer bulla.
Entrar fue fácil, permanecer fue lo difícil.
Era lo suficientemente grande para que entrara un cuerpo humano a cuatro patas, pero lo bastante pequeño para no poder flexionar las piernas como es debido. Debía admitir, que pese a que mi brazo ya estaba bien (digo yo), había una especie de malestar cuando ejercía peso en el.
Era muy evidente que jamás se metían en el túnel que conectaba con la habitación privada de Derek, era caloroso y estaba sucio, muy sucio. Podía sentir como se me llenaban las manos de polvo y era casi imposible ignorar las telarañas que se pegaban a mi cabello. Estornudé unas tres veces y en cada ocasión era callada por un “shhh” de parte del nervioso de Carlos.
Por suerte, el túnel estaba al nivel del piso y no del techo, porque ya estaría infartada de solo pensar en que podría caer.
Después de quince eternos minutos, Carlos salió al exterior y yo lo seguí. Él me ayudó a salir. Estábamos en un baño. Uno muy grande y espacioso.
Iba a preguntar sobre nuestro actual paradero. Pero él se me adelantó y me indicó con el dedo que me callara.
―Estamos en el baño de la habitación privada del señor ―susurró tan bajo que apenas pude escucharlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...