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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 80

―¿Seguro que este es el baño de la habitación privada de Derek?

Un golpe, un grito desgarrador, risas y silencio. Todo ocurrió en una fracción de segundo, arrebatándome las palabras de la boca.

En definitiva, esta es la habitación privada de Derek.

Estuve tentada a girar el polmo, pero Carlos me detuvo la mano con un susurro cargado de miedo.

―¡No te asomes, por favor! No puede saber que estamos aquí ―Al darse cuenta que me tenía agarrada, me soltó como si estuviera envuelta en llamas. Sus mejillas se sonrojado al instante y agachó la cabeza.

No hice ningún comentario y quise apartar cualquier pensamiento que delatara mis sospechas sobre su comportamiento. Sí me engañaba a mí misma, podría llegar a engañarlo a él.

«¡Porque es imposible que yo le guste!» me dije a mí misma.

En su lugar, pegué mi oreja a la puerta.

―Ten ―Era la voz de Derek, cargada con desprecio―. Es carne de primera calidad. Come. A tu hija le encanta el bistec.

¿Estaba alimentando a mis padres? ¿Esa era su forma de castigarlos? Yo tuve que aguantar azotes y ellos comen platillos exquisitos.

«Derek y yo íbamos a tener una gran discusión al llegar a casa» dije, mentalmente.

Un ruido seco se escuchó del otro lado de la puerta, seguido de un quejido masculino.

―¿Cómo se dice? ―gruñó mi esposo.

Hubo segundos de silencio antes de escuchar la voz lastimera de mi padre:

―Gracias.

Enseguida me arrepentí de mis pensamientos, no se ni como llegué a dudar de la personalidad sanguinaria y rencorosa de mi esposo.

Ambos estábamos echados en la bañera cuando escuchamos la puerta abrirse. Seguido de unos pasos toscos.

No estaba segura si mi corazón estaba latiendo como un desquiciado o simplemente se había detenido.

Los segundos pasaron y el silencio pasó a segundo plano al escuchar la caída de agua.

Muy bien, que orine pero que no se bañe, de lo contrario, estaremos fritos.

Por fortuna, el tipo fue rápido y nos dejó solos. Carlos salió de la bañera y necesité su ayuda para hacer lo mismo.

―Por poco ―murmuró.

Me permití soltar el aire que tenía retenido. Mi corazón seguía latiendo descontrolado, pero mi cerebro procesó que estábamos fuera de peligro... Bueno, si omitimos el hecho que hay Dios sabrá cuantos hombres del otro lado de la puerta que también se les antoje usar el baño.

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