Me encerré en la habitación de Derek. No sabía adónde más ir, no tenía ropa y estaba descalza.
Era un manojo de nervios, no podía controlar las lágrimas y sentía que no respiraba. Me encontraba enrollada en las sábanas, en posición fetal. Tenía el estómago revuelto y me dolía la cabeza.
Derek no se había molestado en seguirme y calculaba que había pasado al menos una hora desde la espantosa conversación.
Mi mente no podía dejar de procesar las distintas formas en las que Derek me torturaría, lo que me obligaría hacer. ¿Llegaría a pegarme? ¿Lo ansiaba? ¿Cuánto tiempo se habrá imaginado golpear mi cabeza contra la pared?
Quería vengarse de mí, hacerme sufrir.
Y no me quería imaginar las clausulas, si ya de por sí había una cláusula de cien mil dólares, las demás imposiciones serían una locura. ¿Me convertiría en su esclava?
―Deja de llorar, es desagradable ―La voz de Derek inundó la habitación.
No sabía en qué momento había entrado porque estaba de espalda a la puerta. Me negué a voltearme, a verlo. Pero no fue necesario. Él se paró delante de mí.
―¿No vas a desayunar?
No le respondí. Seguí llorando como si él no estuviera ahí.
Por primera vez, quería estar en mi pequeño apartamento, acostada en mi cama con bultos.
―Está bien, continúa llorando si eso quieres ―dijo con rabia.
Dio un portazo, dejándome sola.
Continué abrazando mi tristeza. No entendía como mi vida terminó así, como caí tan bajo, solo para convertirme en el entretenimiento de Derek.
Tenía una deuda con los prestamistas. Y si me divorcio antes de que se cumpliera el año de casados tendría otra deuda.
Necesitaba demostrar que la firma de esos documentos eran falsas. Era mi única salida.
La puerta se abrió con una gran fuerza que la madera impactó contra la pared.
No tenía idea de cuánto tiempo había pasado.
―¿No piensas almorzar? ―Atacó Derek, retándome a verlo directo a los ojos. Evaluó mi rostro, no sabía qué aspecto tenía pero estaba segura que bonita no me veía―. Dios mío, Erika. Te vas a terminar deshidratando de tanto llorar.
Esas últimas palabras estaban mezclada de preocupación.
Me sorprendió cuando se sentó en la cama, a mi lado. Una de sus manos descansaba en mi hombro. Volví a enterrar la mitad de mi rostro en la almohada.
―¿No tienes hambre?
Nuevamente no le respondí.
Resopló. Abrí los ojos de par en par al sentir su frente contra mi sien, su nariz rozando mi mejilla húmeda y su aliento calentando mi mandíbula.
―¿Por qué lo haces tan difícil? ¿Tan miserable eres siendo mi esposa? ―susurró con dolor―. Cualquier chica moriría por ser mi esposa, pero aquí estás tú, prefiriendo vivir en ese apartamento de porquería que en esta mansión donde no te faltará nada. Hablas mucho sobre que te desprecio, pero siempre has sido tú la que me ha tratado como si fuera inferior a ti.
Las palabras no salían de mi boca, no me permití respirar. Derek olía muy bien, creo que era su champú. Se limitó a respirar mi aroma, su nariz pasó de mi mejilla a mi oreja, causándome un escalofrío que no pude disimular. Recibí un suspiro de aceptación. La habitación había subido drásticamente de temperatura.
El cambio repentino en el comportamiento y sentir de Derek me abrumó. Su nariz fue a mi cabello e inhaló, su aliento me provocaba cosquillas en la oreja. La mano que antes estaba en mi hombro viajó a mi espalda, presionaba con fuerza. Como si fuera a huir.
Sentí la cama moverse y fui consciente que se montó sobre mí, mi pequeño cuerpo encerrado entre sus extremidades.
La respiración de Derek fue acelerando. Debía detenerlo, apartarlo antes de que perdiera el control absoluto.
Justo cuando iba a quitar la sabana de mi cuerpo, hablé:
―Tengo hambre.
Mi voz fue como un interruptor de apagado. Sus caricias se fueron deteniendo, su respiración se controló y su cuerpo se alejó del mío. Se levantó de la cama y ajustó su corbata.
No me había percatado que traía ropa de oficina y no sabía en qué momento se había vestido si yo he estado en su habitación todo el tiempo.
―Traeré algo para que comas ―dijo con severidad, como si se estuviera reprendiendo a él mismo su falta de juicio.
Salió de la habitación sin más.
Me senté en la cama. Quería moverme, salir de aquí, caminar. No sé, hacer cualquier cosa. Mi mente no acababa de procesar lo sucedido.
Derek me confundía. Decía que este matrimonio era parte de su venganza, que sufriría, que me odiaba. Pero algunas de sus acciones me hacían dudar. El juraba que ya no me amaba, que el odio que sentía por mi rechazo lo alimentaba. Estaba comenzando a creer que era lo contrario. Sonará pretensioso para alguien como yo, pero Derek seguía enamorado de mí. O eso creía, al menos.
Derek volvió poco después con un plato de res asada, verduras hervidas y puré de papa. Un almuerzo completo. Esto fue hecho por un chef, la presentación era digna de un restaurante.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...