Salí corriendo de la habitación en busca de Derek. Pasé por pasillos anchos y elegantes, me metí en varias habitaciones, entre ellas había una sala de cine y un gimnasio. Al salir de una de las habitaciones me topé de cara con una señora de servicio. Por poco choco con ella.
La señora me sonreía, una sonrisa robótica y que perfeccionó con los años. Tenía una falda larga de tubo y una camisa blanca.
―Buenos días, señora Fisher. El señor Fisher la está esperando abajo para desayunar ―habló la mujer mayor de cabello cano―. Acompáñeme, por favor.
No me dejó protestar y dio medía vuelta, alejándose. La seguí por instinto.
Me acababa de llamar “Señora Fisher”. ¿Por qué me llamó así?
―¿No hay algo de ropa femenina que me pueda poner? ―pregunté en voz baja.
―No, pero tranquila, mi señora. El señor Fisher mandará esta tarde a llenar el vestier con su ropa.
―¿Por qué me llama así? Yo no soy la señora Fisher.
Se volteó y con una sonrisa radiante me dijo:
―Ustedes se casaron anoche. Firmaron los papeles y legalmente son esposos.
Lo iba a matar.
Esto era una broma, él y yo no estábamos casados.
Bajamos las escaleras y pasamos unos pasillos hasta llegar al comedor. Derek estaba sentado frente a la larga mesa. Bandejas de comida descansaba sobre el mantel, la suficiente para alimentar a una familia de siete.
Entré despacio, mareada por la información. Derek me miraba expectante, quería verme perder los estribos.
“Supongo que no porque estás muy tranquila. Está bien, ya te percataras. Espero con ansias el momento en que te dé un ataque de ira”.
Eso me dijo. Se refería al anillo, al matrimonio.
―Muchas gracias por traerla, Carla. Puedes retirarte ―habló Derek.
La señora se fue por donde vino. Él se quedó observándome, esperando. Pero yo estaba perdida en la incredulidad.
―¿No te vas a sentar, esposa?
“Esposa” solo necesité esa palabra para estallar.
―¡Yo no soy tu esposa! ―Di zancadas hasta quedar frente a él. Debido a que estaba sentado debía subir la cabeza para verme. Y ni eso lo hacía sentirse inferior, él sabía que tenía el poder―. ¿A qué estás jugando? ¿Qué significa esto?
―Anoche nos casamos.
Esa fue toda su explicación.
Se llevó una taza de café a los labios y continuó comiendo con normalidad.
―Deja de bromear. Es mentira. Me estás mintiendo.
Una sonrisa mezquina apareció en mis labios.
―Estos papeles dicen lo contrario.
Palmeó una carpeta a su lado. La abrió y sacó una hoja, entregándomela. Era un acta de matrimonio. Estaba mi firma, la de Derek y un juez. ¿Cuándo firmé eso?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...