―¿No hay forma de ver lo que está ocurriendo del otro lado?
―No, señora.
La curiosidad me mataba.
Me tuve que conformar con escuchar a través de la puerta. Llegó un punto en que todos comenzaron a gritar insultos, lanzar platos, botellas. La habitación estaba inundada con sonidos diversos, ninguno bueno.
Distinguí las súplicas de mi padre y el llanto de mi madre. Por un segundo, tuve el impulso de entrar en la habitación.
Sentí un pinchazo en el pecho.
Menee la cabeza. No podía estar sintiendo nada por ellos, no luego del odio que juré tenerles. Y en especial, porque hace unos minutos no sentía nada por ellos.
¿Era un instinto de cría?
Se detuvieron. No más gritos, no más insultos ni súplicas.
Temí lo peor.
Creo que me estaba sintiendo más culpable por el hecho de no sentirme culpable, que por la situación en si.
Me aparté, sentándome sobre el retrete. Me llevé la mano a la cabeza, decidiendo si sentía tristeza por ellos o no
Porque sinceramente, no merecen mi tristeza.
―¿Esas personas le robaron al señor? ―susurró Carlos, despegándose de la puerta.
―¿Cómo lo sabes?
―Acaba de mencionar que encontraron los objetos que le robaron.
Necesitaba escuchar eso.
Al levantarme del retrete, me apoyé de la palanca accidentalmente. Esta hizo el ya predecible remolino en el agua.
Me sentí la mujer más imbécil del mundo.
Nuestras bocas estaban selladas, mas por el miedo que por el hecho de guardar silencio.
No podíamos escaparnos. Ya nos habíamos delatado. Y Carlos. ¡Dios, Carlos! Yo sería regañada, pero Carlos podría terminar despedido. O peor.
Lo empujé a la bañera y cerré la cortina, quedándome afuera.
No tuvo tiempo de quejarse, la puerta fue abierta de golpe. Me quedé plantada como una estatua frente al hombre que me llevaba dos cabezas de ventaja. Traía un b**e en la mano y cara de pocos amigos. Estaba preparado para propinarle una golpiza al causante del ruido.
Tragué saliva.
Él parpadeó y negó con la cabeza.
―¿Cómo llegaste aquí? ―Volvió a preguntar.
Nuevamente, silencio por mi parte.
De pronto, abrió los ojos de par en par. Cómo si estuviese teniendo una epifanía.
Su mirada fue a cada rincón del cuarto. Localizó el conducto sin rejilla en la parte inferior de la pared.
―Erika, dime, por favor, que no te metiste dentro de ese conducto ―Cada palabra fue mencionada con ímpetu.
―¿Te molestarías menos si te mintiera a la cara?
―Toda tu existencia es molesta ―concluyó―. No puedes quedarte quieta ni un maldito segundo. Por eso estás tan asquerosa.
Con furia, fue arrancando los botones de mi espalda.
Me aparté, alarmada.
―No… no hagas eso ―hablé, dudosa, recordando a Carlos oculto en la bañera.
―¿Y por qué carajos no puedo quitarte la ropa? ―espetó.
¿Cómo te explico…?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...