Dejé escapar un alarido al sentir como mordía la zona que conecta mi cuello y hombro.
Mi mente se estaba dejando llevar por las sensaciones. Pese al estado de mi brazo, en estas semanas, Derek me daba placer con su mano o lengua cuando no tenía puesta la medio de comprensión. Ya era un anhelo diario para mí llegar a la hora del baño para…
¡Dios, bendito!
Si este hombre me abriera las piernas en estos momentos, le dejaría hacerme lo que fuera.
Estaba perdiendo la razón. Hace unos minutos estaba aterrorizada por ser vista por el hombre en la bañera, pero en estos momentos, me daba lo mismo. Que débil soy ante el deseo y la lujuria.
Sus manos viajaron a la redondez de mis pechos, jugando con los pezones hasta que estos se endureciendo. Disfrutaba de tirar de ellos a través de la tela.
Liberé un jadeo de satisfacción, que fue recibido por la sonrisa pícara de mi esposo.
Nuestros rostros estaban tan juntos que nuestras narices rozaban. Su aliento caliente caía sobre mis labios y sus ojos estaban fijos en los míos. Su forma de mirarme era hipnótica.
Y el hechizo fue roto con prisa al escuchar un estornudo. Y no vino ni de Derek, ni de mí.
«Era mi fin».
Su rostro se ensombreció de golpe. Recordaré por siempre la mirada que me echó Derek.
Cerré los ojos con fuerza, incapaz de ver el momento exacto en que sería descubierto.
Sentí su cuerpo alejándose del mío, sus pasos firmes y contundente, y el sonido de la cortina al correrse.
Me agarré fuerte de la encimera hasta que mis nudillos debieron palidecer. Mordí mi propia lengua.
No escuché nada, ni un golpe, ni gritos, ni siquiera la respiración de ninguno de nosotros.
Abrí un ojo y luego el otro, percatándome que Derek me estaba mirando fijamente, ignorando al hombre acostado en la bañera al que acababan de descubrir.
―No, señor, claro que no ―respondió con rapidez.
―¿Crees que no me he dado cuenta de cómo la ves? No soy ciego. ¿Me vas a mirar a los ojos y decir que no la deseas?
Carlos se quedó callado y eso solo empeoró la situación.
Al menos debió mentir o decir cualquier cosa. Su silencio era peor que una admisión de culpa.
El rostro de Derek era severo y cargado de furia.
Lo llevó nuevamente a la bañera y abrió la llave. La llenó hasta el tope y hundió la cabeza del empleado en el agua.
―¡No! ―grité.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...