••Narra Derek••
El infeliz se resistía bajo el agua, usando sus manos para echarse para atrás, pero era inútil. Lo tenía agarrado de la parte posterior del cuello y nuca. Me aseguré de hundir mis dedos en su piel. Nuestra diferencia de fuerza era evidente.
Él era solo un renacuajo que luchaba contra mí.
Mis zapatos y pantalones fueron salpicados con agua, pero no me podría importar, menos. Lo único que me importaba era saber que ese hombre estuvo a solas con mi mujer, con Erika. Este imbécil gustaba de ella, era un buitre esperando la más mínima oportunidad para tomarla y no lo iba a permitir, Erika era mía, ya la había convertido en mi mujer y nadie podría separarnos.
Los gritos de Erika no tardaron en llegar.
Trataba de apartarme con su mano buena, sin embargo, moverme era un desafío para ella. No eran más que cosquillas para mí.
―¡Detente, por favor! ―suplicó ella.
Escuché los pasos de mis secuaces al entrar al baño.
Saqué la cabeza del muchacho del agua, permitiéndole respirar. Solo así pude lograr que mi esposa dejara de gritar. Eso si, no lo solté.
Después de darle unos segundos de oxígeno, volví a sumergir su cabeza en el agua. Las burbujas se acumulaban alrededor.
Recibí un golpe fuerte en la espalda. Y por supuesto, tenía que ser de Erika.
Dos de mis hombres fueron al ataque.
―¡El que la llegue a tocar se muere! ―grité al instante.
Esos imbéciles no iban a poner sus sucias manos sobre ella. Y mucho menos con intenciones de lastimarla.
Una vez que al parecer, logró recuperar el sentido, trató de separarse de la pared para ir a su ayuda, pero la mantuve acorralada.
―Si en verdad te importa ese imbécil te aconsejo que dejes de mostrar preocupación por él, que lo único que haces es que quiera matarlo ―dije con la mandíbula apretada.
Ella no demostraba esa clase de preocupación por mi, y si lo sentía, era muy buena ocultándolo. Era molesto que ella pensara tanto en ese chico. ¿Qué tenía que hacer para qué esa imprudente mujer pensara en mí, para que se preocupara de esa forma?
Cerró la boca, formando una línea recta.
Tomé su mentón entre mis dedos y la obligué a verme a la cara.
―¿Te tocó en algún lado? ―Tenía que preguntarlo, tenía que saberlo.
Si ese infeliz se había atrevido a pasarse de la raya, lo mataría. No me importaba si era la misma Erika quien se abría de piernas delante de él y le suplicará tocarla, me encargaría de asesinar a quien fuera capaz de poner un dedo sobre mi mujer.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...