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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 86

••Narra Erika••

Al entrar en aquella habitación, sujeta de la mano de Derek, me sentí intimidada.

La mirada de la multitud cayó sobre mí. Todos los ojos masculinos me veían con indiferencia o simplemente me pasaban por alto, como si no se atrevieran a verme directamente.

¿Por qué?

La última vez que entré aquí, me pregunté: ¿Cuál es la función de estas personas? ¿En qué consistía su labor? ¿Simplemente observaban y se reían de las atrocidades que se cometían? ¿Era la forma de Derek de ejercer presión psicológica sobre sus víctimas? ¿Su manera de humillar? Porque si de golpear se trataba, solo necesitaba a tres o cuatro personas.

Me dirigió al centro de la habitación, las personas se abrían pasó ante él.

No pude distinguir el rostro de Carlos por ningún lado y si que lo busqué.

¿A dónde se lo habrán llevado?

Mis pensamientos se esfumaron al ver lo que tenía enfrente; mis padres, arrodillados en medio de la sala, con las cabezas gachas.

Mi padre lucia moretones en su rostro y sus mejillas estaban húmedas. Mi madre, por su parte, tenía el labio roto, el rímel corrido y el cabello hecho un desastre.

Los vi, me fijé como temblaban, como lloraban. Y aún así, no sentí nada.

Respiré profundo, al saber que ese impulso que sentí de rescatarlos en el baño, no se presentaba en estos momentos. Supongo que fue alguna reacción emocional, después de todo, soy humana. No puedo ver a alguien siendo lastimado y no sentir la necesidad de ayudarlo.

Sin embargo, al recordar quienes eran, esa pequeña humanidad dentro de mí se esfumó.

Eran mis padres, pero los sentía como unos desconocidos. Es más, hasta por unos desconocidos soy capaz de sentir tristeza y pena. Sin embargo, con ellos no era así.

Creo que... No albergaba ninguna emoción positiva hacia ellos.

Los odiaba, odiaba lo que me hicieron en el pasado, odiaba lo que me hicieron en el presente. No tenía razón para amarlos. Trataba de recordar algún momento de calidez que hayamos compartido en la infancia para sentir lástima por lo que estaban viviendo en estos momentos, pero no había. Era un espacio en blanco. Solo recuerdo gritos, quejas y reproches.

Yo no era mejor que Derek. Era un monstruo tanto como él. Tal vez era el destino que dos monstruos terminarán casándose.

Aunque había una diferencia entre no quererlos, y quererlos muertos. Eso es algo que nos separaba a los dos.

―No te robamos, fue un accidente, no nos dimos cuenta ―respondió mi padre con prisa, su voz era débil y cargada de pánico.

―Vaya, ¿y como pensaron que un objeto de mi repisa era suyo?

―Nos confundimos.

Mentiras, mentiras y más mentiras. Eso solo empeora las cosas.

Derek odia las mentiras.

Yo lo aprendí a las malas.

No lo podía negar, esta situación me traía amargos recuerdos del día que le robé a Derek. De cómo me azotó.

Me removí, incomoda. Como si el malestar en la parte inferior de mi cuerpo, regresará a mí.

Derek me miró de reojo, sin embargo, no dijo nada.

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