―¿Así nada más?
Asintió con la cabeza.
―¿No te molesta? Pensé que los querías ver arrodillados, pidiendo clemencia y besándote los pies.
―Vaya, ¿me lees la mente, mujer? Acabas de describir mis planes malignos ―Me ofreció una sonrisa arrogante.
―Derek ―Lo reprendí.
―Son tus padres, tus traumas. Tú decides que es lo mejor para ti y que te traerá más tranquilidad en el futuro. Sí quieres encarcelarlos, eso haremos. Eso si, tengo una condición ―dijo con malicia.
―¿Cual?
Si a él no les gustaba mis “peros” yo sé que a mí no me gustaban sus “condiciones”.
―No los denunciaremos hoy. Dejemos pasar unos días, los haré sufrir un poquito y después, los entregaremos a la policía. El vídeo de la cámara de seguridad, el adorno destrozado y su asquerosa casa llena de objetos robados será suficiente para hundirlos en la cárcel. Mientras tanto, dejemos que crean que por obedecerme no los denunciaré a la policía ―Se rio como villano de película de Disney.
―¿Es la primera vez que denuncias a alguien a la policía?
―Sí, normalmente, mis métodos de tortura consisten en hacerlos sufrir en mi presencia y dejarlos ir cuando están lo suficientemente rotos mentalmente. No confío en las leyes, dejan escapar a los criminales con facilidad. Los odio. Además, después de darles una lección, jamás vuelven hacer ninguna maldad a nadie. No es por presumir, pero tengo mejores resultados que las cárceles ―Me dio un beso en los labios, como si me acabara de decir que adopta cachorritos con deformidades.
Supongo que esa es una parte que nunca lograré cambiar en él.
Lo conocí siendo vengativo y rencoroso, no tengo porque creer que va a cambiar toda su personalidad por mí. El amor no lo cambia todo, pero logra mejorar las cosas.
―Y, ya que estás de buen humor, cambiemos de tema ―Me acurruqué aun más en él, poniendo mi mano en su pecho y descansando mi mejilla en su hombro―. ¿Qué hay de Carlos?
Su semblante cambió drásticamente.
―¿Por qué no me dejas disfrutar de los pequeños momentos de felicidad? Siempre tienes que arruinarlo ―Murmuraba para si mismo.
Tiró de mí y continuamos caminando.
―Define: alejada ―dijo con interés. Sus ojos grises chispeaban.
―Cada vez que venga a este club de niños mimados, me limitaré a: buenos días, buenas tardes y buenas noches.
―Y sin beso en la mejilla ni abrazos ―añadió con dureza.
No puedo creer que haya llegado a este nivel.
―Okey. Lo acepto ―Me solté de su agarre, para, a continuación, extenderle la mano.
Él la estrechó con firmeza.
―Es un placer hacer negocios con usted, señora Fisher.
―Me gustaría decir lo mismo, pero lastimosamente, sería mentira ―dije con suficiencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...