La piel de me erizó y las piernas me temblaban. El sonido del metal a máxima velocidad retumbaba en mi tímpano.
Cerré los ojos con fuerza.
La sierra atravesó el yeso con facilidad. Mi brazo entero vibraba a la par de la sierra.
Los minutos pasaban y no sentía dolor alguno. Eso significaba dos opciones:
Uno: La sierra no me había tocado en lo más mínimo.
Dos: La sierra me había arrancado el antebrazo junto a todos sus nervios y por eso no sentía nada.
Abrí un ojo, presa del pánico.
Mi brazo estaba en su lugar, en una pieza. Vi el momento exacto en que el yeso se derrumbó y dejó a la vista un brazo pálido con una cicatriz que viajaba a lo largo del antebrazo. Aún se encontraba algo rojiza.
―Muy bien, ahora retiraremos los puntos ―dijo la doctora Arias con verdadero entusiasmo.
Por petición mía, cambiamos de clínica. No me sentía segura volviendo a la clínica donde el señor Martín me tenía ubicada. Derek le daba completamente lo mismo si el prestamista se aparecía con un arma, siempre murmuraba cosas cómo: “esta mujer quiere alejarse y yo quiero que se plante de frente para voltearle la cara”. O cosas así. Pero, ¿él no notaba cuál era mi preocupación? Derek decía que debía ser un prestamista de una categoría realmente baja y aún así, con el poder y los recursos que poseía, no lograba dar con el paradero del señor Martín.
En fin, ahora tenía una nueva doctora al otro lado de la ciudad y debía admitir que amaba lo que hacía. Estuvo tarareando una canción mientras cortaba y tiraba del hilo, totalmente ajena de mi nerviosismo. O, tal vez, estaba tomando esa actitud para demostrar que no había nada que temer y que ella sabía lo que hacía.
Me quedé con esa opción y me relajé.
―Listo, terminamos ―anunció al terminar de sacar los puntos.
Pasé los dedos sobre la cicatriz, estaba algo abultada y se me erizaba el vello del brazo al tocarla.
Abrí y cerré los dedos repetidas veces, sintiendo tan fuera de si mi extremidad. Llevaba tanto tiempo sin moverla que se me había olvidado como se siente.
Grité.
Derek me cubrió los ojos con rapidez, pero pude ver el momento exacto en que el metal hizo contacto con su piel.
No escuché gritos, ni sentí salpicadura alguna.
Removí la mano de Derek al escuchar la sierra apagarse y la risa de la doctora.
La mujer estaba en perfecta condiciones. Bueno, referente a lo físico, porque si hablamos bajo términos psicológicos, está grave.
Volteé a ver a Derek y parecía estar tan impresionado como yo. Lo único que me reveló que la escena lo había dejado descolocado, era el ceño fruncido y que su vista continuaba en la extremidad intacta de la doctora.
―Su... Su brazo. Yo vi que la tocó ―exhalé.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...